Empiezas a recorrer las páginas pausadamente: éstas te van introduciendo en el mundo musulmán de comienzos del siglo XX.

Una familia con sus costumbres, el trato brusco y altanero entre ellos, los matrimonios concertados, la incipiente emancipación soñada para las mujeres, la intrusión paulatina del pensamiento soviético…

Cuando echo la vista atrás, todo me asombra. Esta infancia medio oriental, medio alemana, y más tarde rusa, es la mía. La niña soñadora, introvertida y más bien desobediente soy yo. Eso es lo que me sorprende. Todos estos recuerdos, traídos a la superficie de la memoria, me parecen prestados; me cuesta creer que sean míos.

Banine relata sus recuerdos de infancia y adolescencia. Bueno, lo que sería nuestra adolescencia, pero que para ellas ya se convierten en mujeres, esposas, madres… Y parece que una de sus principales rebeliones se manifiesta en la posibilidad de tener amantes. Un marido sí, con el que romper la virginidad, sin embargo, con el deseo de recabar relaciones.

Si se lo explica Gulnar a su prima Banine. No obstante, ella es soñadora: sueña para recrearse mundos diferentes al que le rodea, lleno de insultos, frases cortantes u obscenas, comportamientos réprobos… Y ella, principalmente, ama.

Crudeza y música, instintos y concupiscencia junto con arte, sueños y descripciones. Esto rodea como un aura cada capítulo.

Amores ingenuos y totalizadores hacia otra mujer occidental de su padre, hacia hombres que se van cruzando ante sus ojos, hasta que llega su príncipe Bolkonski: Andréi. Una relación tierna se establece entre ellos hasta que se impone la realidad: su padre, liberado de la cárcel, la compromete en matrimonio al que le ha ayudado a salir de la prisión.

Le repulsa ese hombre-lombriz, pero ¿queda alguna opción?

Y pronto llega la opción de marcharse a París. Abandonar un país que ya no es nada ni le queda nada de su supuesta fortuna…

Los chopos, con su frufrú a ratos dulce y a ratos brutal, la casa inmensa que cada verano me había visto volver un poco más crecida, el mar azul de fondo, todo lo que había amado en los tiempos en que creía que la vida sería una mera sucesión de días floridos y la muerte carecía de sentido para mí, todo eso estaba a punto de morir para mí. No vería, ni oiría, ni olería nunca más ese mundo, un mundo que durante muchos años había sido mi único y dulce universo. Comprendía ahora que las cosas, las personas y los sentimientos estaban abocados a desaparecer uno detrás de otro; que la vida, en vez de ser pura felicidad, sería desarraigo y pesar; que a cada instante algo se nos escapaba, se perdía sin remedio; y así, toda la vida. Esas fueron las verdades que, a modo de despedida, me enseñaron el mar, el cielo y los chopos.

Un comentario sobre “Los días del Cáucaso, de Banine

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