Richard Cadogan es un poeta que viaja a Oxford para descansar y para aprovechar a hablar con su editor: ¡Menudas exigencias tiene! Parece que no tiene en cuenta la inspiración…
Enfrascado en sus pensamientos, de noche, se encuentra con una tienda de juguetes con la puerta abierta. Le pica el insecto de la curiosidad y de la aventura, y poco más tarde se arrepentirá.
Descubre el cadáver de una mujer, estrangulada, y tras un breve lapso de tiempo, cae desfallecido por un fuerte golpe en la nuca.
Escapa cuando despierta y va a la policía. Pero ese local se ha convertido en un ultramarinos: ni rastro de los juguetes. ¿Lo habrá soñado? ¿El golpe se lo dio con otra cosa? Recurre a su amigo Gervase Fen y ambos irán tirando del hilo hasta descubrir lo que se hallaba en juego: una herencia, una excéntrica mujer, un testamento curioso, herederos con nombres enigmáticos…
Cadogan sintió repentinamente que el estómago se le descomponía; cada palabra que decía el señor Rosseter, cada nuevo dato que les ofrecía, era un clavo más que sellaba sus ataúdes. Sin embargo, miró por la ventana a la calle que tan bien conocía, y le pareció que apenas estaba preparado para asimilar su propia e inminente desaparición. Dos lógicas luchaban en su interior: la lógica del «desde luego estoy despierto, y, siendo así, es seguro que va a ocurrir lo que va a ocurrir» y la lógica del «estas cosas, simplemente, nо раsan». Miró fijamente a Fen. Ya no había en sus gélidos ojos azules ni rastro de aquella habitual y fantástica ingenuidad; pero resultaba imposible decir en qué estaba pensando su compañero.
Una novela donde se entrelazan la intriga y el humor, muertes e ironías, acción y literatura… Diálogos acertados, descripciones precisas, que nos introducen en la historia y de la que nos costará salir… Y en los momentos más tensos, Cadogan romperá el hierro con sus pensamientos, o sus conversaciones:
-Idiota-dijo. Me interesa. Dígame por qué un poeta no tiene que ser un hombre que necesite hacerse un buen corte de pelo de vez en cuando.
-Porque… empezó Cadogan, intentando calcular incómodamente la longitud de su pelo con su mano izquierda, porque la poesía no es el resultado o la consecuencia de una personalidad. Me refiero a que existe independientemente de tu pensamiento, de tus costumbres, de tus sentimientos, y de todo lo que configura tu persona. La emoción poética es impersonal: los griegos estaban bastante en lo cierto cuando lo llamaron inspiración. Así pues, a lo que uno se parezca no importa ni dos malditos peniques. Lo único que importa es si tienes un buen aparato receptor para las ondas poéticas. La poesía es una anunciación. Viene y se va cuando le place.
