Tom Birkin llega con la lluvia a un pueblo pequeño. Huye de lo que ha supuesto su vida: la Gran Guerra, la infidelidad de su mujer… Quizá necesita reencontrarse a sí mismo; una oferta de trabajo ha sido su baza.
Oxgodby le aguarda: ha cogido el trabajo porque en cierto modo vuelve a su origen, su identidad. Se trata de sacar a la luz una pintura mural medieval de una pequeña iglesia.
Duerme en el campanario, vive austeramente y apenas se relaciona con gente. Sin embargo, establece un par de amistades profundas. La principal es la de aquel pintor anónimo de siglos atrás:
Ahí estaba yo, cara a cara con un pintor anónimo que alargaba su mano desde la oscuridad para mostrarme lo que sabía hacer y que me decía con más claridad que si me hablara: «Si algo de mi sobrevive a la corrupción del tiempo, que sea esto. Pues ésta es la clase de hombre que yo era».
Con la amistad se comienza a entrelazar la paciencia, pinceladas de respeto y asombro, cualidades de un auténtico artista y profesional. Va descubriendo colores, formas, roturas, errores… Mantiene un diálogo con él: ¿Por qué aquí empleaste materiales más baratos? ¿Y aquí, pan de oro?
Aquello te dejaba sin respiración (al menos, a mí). Una tremenda cascada de color, en la que caían los azules del ápice para romper a hervir en una turbulencia de rojo. Como todas las grandes obras de arte, te sacudía con la totalidad antes de engatusarte con las partes.
Pero no todo es pintura y trabajo. No tiene prisa porque entra en juego de manera sutil un destello de risa procedente de una joven. También la compañía sincera e incondicional de Moon, que se encuentra ahí por otro encargo: excavar hasta hallar una tumba de un antepasado con una historia aparentemente turbia, pero negada.
Las historias se suceden con tranquilidad y con ironía. El humor salta entre reflexiones cotidianas.
Si me hubiese quedado allí, ¿habría sido feliz siempre? No, supongo que no. La gente se traslada, envejece, muere, y la luminosa creencia de que habrá alguna otra maravilla a la vuelta de cada esquina se desvanece. Es ahora o nunca; debemos agarrar la felicidad antes de que eche a volar.
(…) Algunos sentiremos siempre un apretón en el corazón, sabiendo que un momento preciado pasó y nosotros no estábamos allí. Podemos preguntar y preguntar, pero no podemos volver a tener lo que una vez pareció nuestro para siempre.
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