– ¿Sois más hermanos?
– Sí. Somos cinco.
– ¿Y tú eres la…?
– La pequeña, además con diferencia.
En numerosas ocasiones he tenido este breve diálogo con gente que conozco. Por supuesto, yo también pregunto. Sin embargo, he omitido aún el comentario que suele seguir a este intercambio:
– Ah, ya, la consentida.
Por lo general, me encojo de hombros. En parte, así es. Aunque sólo lo fui por parte de mi padre (bueno, y un poco de mis abuelos). Los demás, mi madre y mis hermanos, se dedicaron a que no se asentara en mí una personalidad de mimada, caprichosa y superficial.
Claramente no puedo describir con veracidad una situación distinta a la mía, pero querría hablar de la postura privilegiada que ha supuesto para mí ser la pequeña. Especialmente en momentos en que miro hacia atrás.
A la vez soy consciente de que esta vivencia mía no tiene por qué ser siempre así.
Siempre me he dedicado a observar: quería a mis hermanos mayores, y para mí era un honor que me aceptaran en algunos de sus juegos, aunque fuera de recoge-pelotas o de portera (he de añadir que apenas se acercaban a la portería). O que me enseñaran a hacer cabañas con sillas y toallas de piscina, o a trepar a los árboles, contar chistes, o cantar el himno del Real Madrid… Uno de mis aprendizajes ha sido el de disfrutar con todo: jugando a veces sola, y otras siendo un añadido a los juegos, o adaptándose ellos a los míos. Y sobre todo, observando y escuchando: sobremesas interminables, partidas de cartas o de dominó, lecturas conjuntas, películas que a lo mejor por edad aún no me correspondían.
Vamos, que se puede decir que me espabilaron bastante e hicieron de mí una persona inquieta, que ansiaba conocer y preguntar, y que le gustaba relacionar para hacer «nuevos» descubrimientos. Aunque también aprovechaban mi «escasa» fiabilidad ante la autoridad para volcar en mí las culpas de jarrones rotos.
Hace poco me mostraron las «notitas» que escribía a mis padres o a ellos, y las que me hicieron ellos. Se percibía mi genio, mis modos de contestar o de intentar manipular. ¡Una vergüenza! Pero uno de mis papeles ha sido éste: procurar risas por mis ingenuidades. Y lo sigo siendo un poco: prefiero ser inocente a desconfiar o sospechar. Y además, me río con ellos con las ocurrencias, a la par que sigo aprendiendo.
Por otro lado, he jugado mi papel de hermana pequeña de otro modo: me enteré de la muerte de mi abuelo, con 10 años más o menos, porque buscaba a mi madre y la vi colgar el teléfono y llorar en brazos de mi hermano.
Creo que también fue una llamada de teléfono de mi madre por la que me enteré del diagnóstico de mi padre: alzheimer con apenas 50 años. Yo tendría un par de años más, a lo sumo, tres.
Y a la vez, parecía que el tiempo no transcurría: llevaba 4 años tras haber acabado la carrera, y uno de mis hermanos me preguntaba cómo me iba, qué tal los exámenes… Seguía teniendo mis 20 años. Ahora ya no: cada año que cumplo es motivo de crisis de edad para mi madre y los mayores.
Poco a poco cumplí otro papel: por poner una imagen gráfica, podría elegir un recipiente. Podéis imaginaros el que queráis: un barreño, uno de barro, de metal, de mimbre… Empezaron a volcar cosas suyas, ya fuera como simples comentarios, como desahogos por historias pasadas o futuras (y presentes, en realidad), o también podían ser pequeños «ataques» (a veces he resultado ser un buen saco de boxeo, aunque con respuesta en ocasiones).
Ahora vuelvo a recibir cosas, a veces de manera indirecta por lo que me «anuncian» de unos y de otros. Y entonces desempeño mi papel hasta donde puedo (y me lo permite la situación). Sin embargo, veo que ahora puedo avanzar más y suplir otros papeles que quizá falten.
Aunque suene demasiado metafórico o poético, tengo muchos tesoros en mi recipiente: herencias de mis abuelos o de mi padre (fotos, notas, conversaciones de sabiduría, confesiones…), los sufrimientos de cada uno (porque los he hecho míos), el conocimiento de distintos ámbitos por los diversos intereses, el humor ante todo (tras un cabreo, un disgusto, una muerte), las divagaciones (esas eternas sobremesas o interrupciones de partidas), etc.
¿Consentida? Quizá. Pero con mucho dentro por no querer ser otra cosa o alejarme. Por disfrutar con lo que disfrutaban ellos. Por llorar a veces a escondidas para aprender a sostener según mi capacidad.
