Cuatro relatos, nombrados con cada estación del año, se suceden vagando entre lo real, la memoria y lo onírico, incluso la posible alucinación.
En varios momentos del relato del verano, se me aparecieron en la mente cuadros de Dalí, y en un comentario que leí al final del libro era así efectivamente.
Hay quienes considerarán que se trata de relatos absurdos, sin embargo, juega con lo histórico, los Hechos, lo psicológico y lo místico en cierto modo, «llegan a retorcer» el tiempo, la memoria, el espacio, etc.
La autora busca protestar tras estos relatos contra la situación de Europa del Este, Rusia… del siglo XX. Imagina sociedades nuevas, distintas, humanas, que no estén controladas por el Estado. Se percibe además su relación con este mundo: sensorial, «engañando» sin ser ésta la intención a los sentidos, confundidos a través del lenguaje empleado y las imágenes creadas. Alcanza los límites del propio lenguaje rozando la libertad de la literatura clandestina.
Reconoce el punto del que parte y que abre el espacio de los relatos:
Me ha faltado siempre eso que se suele llamar memoria, la capacidad de registrarlo todo sin distinción; esa atención continua que diez años más tarde te permite recordar la frase banal que el compañero de mesa ha pronunciado entre el primer y el segundo plato. Nunca estoy totalmente presente en un lugar y, por eso, aunque sea capaz de intervenir en una conversación, como si realmente tomara parte en ella, unas horas más tarde ya no puedo reproducir ni una palabra; es más, necesito hacer un esfuerzo para recordar siquiera que existió tal conversación. Lo que recuerdo de los acontecimientos es un cierto sentimiento general, un estado de ánimo, un determinado color que no siempre se ajusta a la realidad y que en pocas ocasiones encaja de verdad con la situación, excepto cuando mi subjetividad se sobrepone por casualidad a la realidad objetiva. Me quedo con algunos detalles absurdos e inconexos, tan desprovistos de significado y tan deslavazados que, más tarde, cuando los reúno de manera artificial, descubro una imagen totalmente distinta de la real y que a veces no la refleja en nada.
Y tres este preámbulo, empieza a describir obviando la frontera de lo «meramente» realista (que no real…):
Lo fantástico no se opone a lo real, es solo su representación más llena de significados. Y aunque mi memoria racional esté realmente plagada de olvidos, la sensorial y la de los sueños conservan su precisión plena, a la vez que permanecen en un perpetuo y alucinante estado de vigilia. Puedo fiarme de ellas.
Y así empieza el resto del verano, cuando se nos empieza a aparecer un cuadro de Dalí…
Existe gente que cuando da un paso, cuando come una manzana, hace estos gestos de verdad, los experimenta y envejece con cada uno de ellos. Para ellos un mes es un mes, una noche una noche, un segundo realmente un segundo. Para mí el tiempo fluye complaciente, como de lado, escurridizo e indiferente, sin querer dominarme e imposible de controlar. Me muevo, hablo, avanzo como en una neblina suave que redondea los contornos, lima las aristas y deja que todo se deslice en un vuelo impersonal, en el que es precisa una dolorosa concentración para aferrar algún instante y obligarlo a detenerse en mi vida. Esto sucede en raras ocasiones… En general, el tiempo se me escapa y me escabullo de él en un proceso recíproco de no adhesión. No envejezco.
En fin… Seguiría destacando numerosos fragmentos, pero quisiera acabar con la llamada oculta que hace, como una actitud para vivir una vida de verdad humana:
La contemplación me provocaba, como siempre, una sensación de dicha tan aguda que era capaz de quedarme quieta delante de un paisaje durante mucho tiempo, convencida -aunque ninguna idea atravesaba mi mente, o tal vez, precisamente por eso- de que nunca había estado tan cerca de la sabiduría como en aquellos momentos vacíos de pensamiento.
