Hace unos días me encontraba leyendo un poemario.
Avanzo lenta porque hay frases que me obligan a detenerme. Unas veces porque necesito introducirme mejor en su significado, y otras porque simplemente me roban la mirada…
¿Cómo se ha podido expresar esa idea con estas palabras precisas? Y reconozco que me cuesta seguir: hay una pugna entre mi ansia por seguir leyendo y deleitarme con expresiones infinitas, y la necesidad de degustar esas pocas palabras que son mucho (se acercan a un «todo»).
Continuar leyendo supone en ocasiones un cierto desgarro: quieres continuar pero a la vez desearías quedarte en esa frase.
Un escenario totalmente diferente:
Una etapa nueva se avecina. Aún llevo «poco» camino de vida recorrido, pero he vivido unos cuantos cambios en diversos sentidos: de trabajo, de casa, de amistades y actividades, y por supuesto familiares. Algunos se han ido, otros han vuelto, ha habido incorporaciones, relaciones distintas…
Desarraigos y volver a plantar, o quizá trasplantar o realizar algún injerto… Incluso, podar o arrancar. Las raíces se tambalean aunque, como se han ido adaptando a lo nuevo, he notado que se vuelven fuertes. Pero cuesta continuar, como el avanzar de las páginas.
Mi madre ha decidido un cambio de vida: al quedarse sola en casa, la hemos vendido. Nuestra casa. Sí, no la de siempre, pero sí la de nuestros últimos 20 años:
Ahí viví mi adolescencia y mis grandes decisiones, las que han marcado mi vida y quién soy.
Ahí regresaron hermanos en distintas circunstancias: con el primer hijo, tras una operación, al quedarse sin casa (o tirados por el coche).
Ahí pasó gran parte de la enfermedad mi padre.
Ahí se cuidó a mi tía abuela hasta que falleció (tras haberse desvivido por nosotros).
Ahí nos hemos reunido a comer, celebrar, jugar, dormir, bailar, discutir… Y estar.
Ahí han surgido grandes ideas.
Ahí se han vivido caídas, derrotas y resurrecciones.
Ahí se han sucedido las carcajadas, los gritos, las lágrimas y los silencios.
De ahí me fui a los 18.
Ahí he vuelto ocasionalmente.
Y ya no queda nada. Lo poco que se lleva mi madre a su nueva casa en un pueblo de Ávila. Hablo con ella por teléfono y me cuesta escucharla: el eco repite sus frases entorpeciendo la escucha.

Me fui de casa tras la boda de mi hermano hace una semana sabiendo que ya no la iba a ver más. Y sabiendo que la siguiente casa, aunque fuera la nueva vivienda de mi madre, nunca sería mi casa: pasaré tiempo, seguiremos hablando, discutiendo, comiendo y bebiendo, riendo…
Dos desarraigos diferentes pero que me dicen mucho. ¡Me gritan! ¿Que de qué me habla? De la humanidad. Del corazón humano. De los vínculos y de las relaciones.
Ojalá pudiéramos permanecer simultáneamente en lo inmutable, en lo que nos atrapa, y en los siguientes pasos. Ojalá pudiéramos ser cada ola del mar que es única y a la vez todas, porque todas son magníficas, grandiosas.
En realidad es una suerte que notemos el desarraigo, la falta de estabilidad, los tambaleos de la vida: nos hace percatarnos de lo fuerte que puede latir un corazón cuando parece que todo se rompe o se detiene. Y eso es signo de vida. Y yo quiero vivir, con todas sus consecuencias.
