Litvínov ha quedado con su prometida en Baden. Sin embargo, ha llegado un poco antes y empieza a moverse por esos círculos de intelectuales rusos y europeos. Comienzan a llover críticas, comentarios irónicos acerca del progreso, del nacionalismo, de la civilización, de la sociedad rusa, de los conservadores…
De manera imprevista se encuentra con Irina, su primer amor, con la que estuvo a punto de casarse pero acabó en una frustración y decepción. Él quedó dolido, pero, tras sus años de estudios universitarios en Europa, y haber conocido a su prometida, ha logrado olvidar ese episodio de su vida.
No obstante, el reencuentro provoca una sacudida en los dos. Él trata de distanciarse a pesar de la insistencia de Irina:
Perdone la rudeza de mis expresiones, pero me exige usted la verdad, así que juzgue usted misma. ¿Qué otra razón, a no ser la coquetería, que confieso no comprender; qué otro motivo, a no ser comprobar hasta qué punto sigue conservando su poder sobre mí, puede explicar su… no sé cómo llamarlo… su insistencia? ¡Nuestros caminos son completamente distintos! Lo he olvidado todo, he superado ese dolor hace mucho tiempo, soy otro hombre; se ha casado usted, es feliz, al menos en apariencia, goza de una posición envidiable en la sociedad: ¿a qué obedece este acercamiento? ¿Qué soy yo para usted, qué es usted para mí? ¡Ahora, ni siquiera podemos comprendernos; ahora, no hay absolutamente nada en común entre nosotros ni en el pasado ni el presente! ¡Sobre todo… sobre todo en el pasado!
La pasión vuelve a surgir, y se tambalea su compromiso con Tatiana, una mujer llena de bondad, delicadeza, sencillez… Pero, ¿cómo hacerle eso? ¿Mejor ocultarlo o romper la promesa?
Pero en ese momento se le encogió el corazón; sintió frío, un frío físico: un temblor momentáneo recorrió su cuer po y sus dientes castañetearon débilmente. Se estiró y bostezó como si tuviera calentura. Sin insistir más en su último pensamiento, ahogándolo, apartándose de él, se preguntó con perplejidad y sorpresa cómo había podido… volver a enamorarse de ese ser mundano, podrido, con ese entorno que tan repugnante y hostil le resultaba. Trató de preguntarse a sí mismo si de verdad estaba enamorado, pero desistió de su intento. La sorpresa y la perplejidad no le abandonaban, mientras ante él surgía, como de una penumbra ligera y perfumada, su semblante cautivador y sus cejas radiantes se arqueaban; sus ojos maravillosos penetraban en su corazón de modo suave e irresistible, su voz tintineaba dulcemente y sus brillantes hombros, dignos de una joven reina, despedían el frescor y la fiebre de la voluptuosidad…
Litvínov no quiere dar un paso en falso, y quiere asegurarse su amor: ¿Estarías dispuesta ahora a emprender el camino que no hicimos en el pasado? La felicidad anega el alma de los dos jóvenes, y Litvínov decide esperar a la llegada de Tatiana y su tía para comunicarle su resolución. Tatiana comprende que algo sucede: no tiene el comportamiento normal…
Mi prometida se marchó ayer: no volveremos a vernos… ni siquiera sé con certeza dónde vivirá. Se ha llevado con ella todo lo que hasta ahora me parecía deseable y querido; todas mis previsiones, planes y disposiciones han desaparecido con ella; hasta mis trabajos se han perdido; una prolongada labor se ha reducido a la nada y todas mis ocu- paciones no tienen ya ningún sentido ni razón; todo eso ha muerto, mi yo, mi antiguo yo está muerto y enterrado desde ayer. Lo percibo con claridad, lo veo, lo sé… y no lo lamento lo más mínimo. No hablo contigo de todo esto para quejarme… ¿Cómo puedo quejarme cuando me amas, Irina? Sólo quería decirte que de todo este pasado muerto, de todas estas empresas y esperanzas convertidas en humo y polvo, sólo me ha quedado una cosa viva e indestructible: mi amor por ti. Aparte de ese amor, nada me queda; llamarlo mi único tesoro sería insuficiente; estoy por entero en ese amor y ese amor me contiene por entero; él es mi porvenir, mi vocación, mi santuario, mi patria.
¿Será igualmente capaz Irina de romper con su vida, su presente y su futuro, para seguir a Litvínov?
Parecería que éstos son los protagonistas de esta historia. Sin embargo, es otro personaje, inanimado, el que mantiene su presencia a lo largo de las páginas: el humo. La mirada puede encontrar de qué manera recorre la historia rusa, sus costumbres, la pasión amorosa de sus ciudadanos… Así de sutil, así de intangible que no se puede aferrar, así de pasajero y cambiante… Y así es la crítica que va arrojando el autor en el transcurso del libro.
-¡Humo, humo! -repitió varias veces; y de pronto todo le pareció humo; todo, su vida, la vida rusa, todo lo que pertenecía a la esfera humana y en especial a la rusa. Todo es humo y vapor -pensó-. Todo parece cambiar sin pausa, por todas partes surgen imágenes nuevas, los acontecimientos se suceden y en realidad todo sigue siendo lo mismo; todo marcha con apresuramiento y premura hacia no se sabe qué fin y todo desaparece sin dejar huella, sin alcanzar nada; cambia el viento de dirección y todo pasa al lado opuesto, donde continúa ese mismo juego incansable, inquieto e innecesario.
