Este año 2025 celebramos el centenario de su nacimiento y el primer cuarto de su fallecimiento. Doble motivo que hacen de este año un tanto especial para esta autora.

La pared de mampostería, sí, exactamente eso. Un dique fraguado con cemento de cobardía e inercia, que acaba impidiendo el paso a una relación antaño transparente. Se obstruyen los conductos de la tubería y se va almacenando por dentro mucha mierda, aunque no lo sepamos porque tarda en oler. Lo malo, además, de esas tuberías del alma es que se localizan mal y que no sirve cualquier fontanero, tiene que ser uno muy especializado.

Hacía mucho que no leía un libro cuyo título se ajustara como un traje a medida a unas páginas: no sólo por hacer referencia al contenido, sino por el modo de presentar la historia y los narradores, sus pensamientos que oscilan entre la claridad y lo oscuro, tal y como las nubes se forman y desaparecen en un ritmo constante y pausado.

Dos amigas se reencuentran tras muchos años sin verse: una, con talento para escribir, se ha casado y formado una familia; la otra, psiquiatra reconocida, avanza con turbulencias por su vida personal entregando su corazón y su cuerpo.

Mariana, esta última, anima a Sofía a que retome la pluma, y le pone «deberes»: escribir sobre su insatisfacción para bucear y encontrar qué ocurre en su vida, el por qué de su apatía y desgana vital. La psiquiatra a su vez comienza a escribirle cartas: algunas se las envía y otras no, y ella, especialista y referente para tantos pacientes, comienza a desmoronarse psicológicamente al dar cabida a los sucesos de su pasado.

No nos damos cuenta, Mariana, de lo maravilloso que es poderle preguntar a alguien: «¿Te acuerdas?», y notar que sí, que se acuerda. Los recuerdos cultivados a solas forman una madeja embarullada por dentro, enganchada entre pinchos, llegas a no diferenciar lo que te pasó de otros jirones descabalados procedentes de escenas callejeras o del cine; pero lo peor es que, de tanto moverte en esa maraña, el ayer te vampiriza, te enrarece el aire y te tapa la luz del día en que estás viviendo. Es difícil salirse del tumor del pasado dejando indemne el tejido del presente, tan delicado y frágil como un pétalo.

Esto es lo que empieza a ocurrir en el interior y en las páginas que escriben las dos protagonistas.

Las palabras sencillas y precisas revelan el estado de un alma (dos, para ser exactos), cuya interioridad queda reflejada de manera casi tangible. Las voces se alternan, no únicamente entre estos dos personajes, sino que la misma Sofía, literata, tomará distintos estilos para narrar.

Pensar es ir saltando de una habitación en otra sin ilación aparente, estancias del presente y del pasado, algunas aún accesibles, otras cerradas para siempre o derruidas, nuestras o no, tan pronto morada estable como refugio eventual del que solamente quedó un olor o una sombra movediza proyectada en el techo, en qué ciudad sería, yo tardaba en dormirme y oía ruidos por el pasillo, hotel, casa de gente conocida, de qué mano entré allí. Habitaciones que se dislocan, bifurcan e intercambian volúmenes y adornos cuando surgen en sueños al servicio de un argumento con pegotes del cine o las novelas, y las transita uno disfrazado, sin atreverse a reconocerlas del todo, luchando por entender qué oscura fuerza nos ha vuelto a traer a esos umbrales y por recordar adónde llevaba el largo corredor que se adivina al fondo.

La historia avanzará hasta el punto en que se distanciaron dejando enfriar su amistad, y hasta aquellos hechos que impactaron en ellas sin darles una posible solución. O al menos, una escucha franca y abierta.

Y junto a estas historias, fragmentos acerca de la «magia» de la literatura que describen de modo concreto lo que puede suceder en una mente apasionada (y con necesidad) de las palabras y la literatura.

-Ellos son los que cuentan las historias -continuó-, y las soplan para que entren en mi cuarto y me suban a la cabeza, trepando por el oído arriba. Pero como es un camino estrecho, se empujan unas a otras y me entran a cachitos sueltos, porque los hombres ésos hablan mucho y se interrumpen unos a otros, como la tía Desi y el tío Higinio, sobre todo en días nublados. Y luego, claro, soy yo la que tengo que colocar bien en la cabeza lo que se me ha metido; cuando leo un libro de muchos personajes me pasa igual, hacerle sitio a lo que dicen, ¿sabes?, para poder entenderlo, porque en la cabeza no caben todas las historias a la vez, son muchas, tiras de una y se te rompen, ¿a ti no te pasa?

Le dije que sí, que me pasaba exactamente igual, igualito, aunque a los hombres del jardín no los oía. Y que cuando no podía entender las cosas por orden, se me ponía delante de los ojos como una nube que me tapaba el sol, me había pasado siempre, desde pequeña. Y para volver a ver la luz tenía que inventarme una historia que explicara las otras.

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