Hacen falta años para percatarse de que el no ser desgraciado es ya lograr bastante felicidad en este mundo.
Asistimos a la forja de un carácter pesimista, desalentado por la vida y en ocasiones que roza lo cínico.
Pedro no es más que un niño cuando, huérfano, es conducido a habitar la casa de un matrimonio algo rancio de la ciudad de Ávila. Él es su profesor, sistemático, sin pasión, sin vida… En una palabra: mediocre. Inculca en Pedro una forma de mirar los sucesos y la gente sin emociones, sin expectativas, sin deseos: ¿Para qué si luego siempre viene el desapego o el desprendimiento?
Mejor no tener desde un inicio para no sufrir. Esta actitud le va poseyendo y se reafirma tras una breve amistad con su amigo Alfredo, al que también llevan a vivir en esta familia.
La felicidad o la desdicha era una simple cuestión de elasticidad de nuestra facultad de desasimiento. La vida transcurría en un equilibrio constante entre el toma y deja. Y lo difícil no era tomar, sino dejar, desasirnos de las cosas que merecen nuestro aprecio.
Parece que esta trayectoria hacia una identidad «ceniza» se asienta del todo con la llegada inevitable de la muerte: ¿Para qué entonces crear lazos, vínculos con la gente si nos puede ser arrebatada?
El sufrimiento hace su espacio en el espíritu de Pedro.
Transcurren los años. Se convierte en un hombre de mar, y sus esquemas vitales comienzan a tambalear: conocer a Jane, reencontrarse con Martina, la hija del matrimonio rancio, amigos posibles…
¿Quedará algo de esperanza para este pobre hombre ajado por el pesimismo? Su deseo de plena autonomía e independencia quizá quede superado… O no.
Nada puede existir en el mundo sin una relación de dependencia, de coordinación o de mando.
