Veníamos de todas esas cosas que no se podían decir ni saber.

Veníamos de las paredes de adobe. Íbamos hacia el papel pintado. Aspirábamos a ser gotelé.

Veníamos de los hijos de los que se bañaron en sangre. De esa pintura bélica veníamos. Mis amigos, mis hermanas y yo éramos la mercromina.

Me llamo David aunque la Eme me llama Currete. Me gusta menos cuando me llama así en espacios públicos: eso para la intimidad. De todas formas, no te voy a explicar las razones.

Mi familia y yo llegamos a vivir al pueblo por motivos de plaza: mi madre es maestra, doña Mercedes, y para allá fuimos.

Mi padre comenzó a ausentarse más de lo que solía hacer por sus estancias de trabajo a Madrid hasta que dejó de venir. Mi madre necesitaba ayuda y así vino la Eme a nuestras vidas: mujer corpulenta, alta y sorda.

Me daba lo que mamá no tenía tiempo para darnos. Y también lo que a papá ya no le daba la gana de darme.

Mi padre vino de visita y me trajo un reloj Casio con cronómetro, pero ella me regaló algo mejor. Cogía el boli, me levantaba la manga, me agarraba la muñeca y me dibujaba uno con dos flechitas que siempre marcaba las tres en punto. Entonces me lo acercaba a la oreja.

Nunca pensé que pudiera tenerse dos madres y que una de ellas me descubriría tanto mundo. El mundo más allá de la frontera de los almendros. Más allá de las heridas y cicatrices curvas. Más allá de las miradas y de las palabras: cómo le enseñamos a escribir y cómo la martirizamos a dictados, ¡era mi oportunidad de poner notas!

Nunca pensé en lo que crecería durante esos años ni en lo que me haría crecer.

Mi madre asentía, me miraba ensoñadora por encima de las gafas y luego se mordía el labio de abajo con un esbozo de sonrisa.

Pero se referían a los estirones del del cuerpo y no a los otros. Los otros no los veía nadie, los sentías tú por dentro. No tenían que ver con las piernas o con los brazos. Sino con el mundo de fuera.

Los otros estirones los dabas cuando se te iba el padre un tiempo, cuando veías que existen los mongólicos y que hasta se ahogan, cuando sabías que cada dos o tres años tendrías el nuevo mejor amigo de tu vida, cuando hacías entender a los sordos.

Nunca pensé que eso podría acabarse y que quizá le devolviera algo distinto…

Te vas poco a poco.

Primero se van las cosas, porque las guardas y ya no las tienes a la vista.

Luego se van las gentes que despides y a las que les das las señas.

Y solo al final te vas tú.

Pero no físicamente el mismo día en que te marchas, qué va. Sino poco a poco, con el lento paso de las semanas, los meses o los años. Estás en la casa nueva a la que has llegado, pero solo estás a medias. Porque la otra mitad sigue allí en la casa vieja y necesita su tiempo.

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