“(…) te confortaron de aquella cerrazón que tan tozudamente te había embargado todo el día,
y empezaste a sentir
esa renovación con que la sangre comienza a circular tras un desmayo (…)”.
Luis Rosales, Diario de una resurrección.


IV
Vengo a darte fuerzas. Te encuentro francamente mal. No conocía cuál era mi cometido, únicamente sé que me arrancaron de mi cuerpo y aquí estoy, volcándome por segundos en ti, en vosotras. Se notan nuestras diferencias, sin embargo es cuestión de tiempo. Si todo sale bien, seremos capaces de volver a generarnos, de restaurar el cuerpo en que nos encontramos que ya noto muy debilitado. Yo vengo de una complexión sana y espero poder transmitirte algo de nuevo vigor: éste era el deseo de L, que estaba dispuesta a todo lo que hiciera falta, y el hecho de que yo esté aquí le parecía hasta poco, y eso que apenas me ha sometido en nuestra vida a pruebas que a mi entender suelen hacer periódicamente de vaciarme y analizarme.
Esta vez sí que se ha dejado hacer y por ello me encuentro aquí, el resultado aún está por ver. Voy a poner todo de mi parte para que vaya bien y nos enlacemos hasta fusionarnos. “Todo te lo voy a dar por tu calidad, por tu alegría. Me ayudaste a remontar, a superarme día a día”: ¿lo que tratas de decirme es que ella suele cantar esta letra de vez en cuando? Pienso que le inspira firmeza y empuje, tú también lo ves, ¿no? Tú también tienes miedo: dejar de existir, un recorrido siempre desconocido y oscuro.
Me cuentas que hasta ahora ella solía transcribir en una libreta todo lo que había pasado desde el inicio. Parece que le has susurrado algún recuerdo o idea para poder comprender cómo ha llegado hasta este estado. Bueno, en realidad no trata de entenderlo porque no hay nada para hacerlo pero sí reconocer la trayectoria de los acontecimientos.
Notamos un pálpito y un empuje cuando hace esfuerzos por erguirse: percibimos la bruma estancada en su mente, aún la tienes tú un poco, y a pesar de ello sonríe, pregunta… también llora. Intenta volver a coger el boli para escribir, “menudos garabatos” murmura para sí, para nosotras.
“B, vas a salir de ésta: todo va muy bien y tu cuerpo está aceptando el trasplante. En breve volverás a generar tu propia sangre, aunque te tendremos que hacer alguna trasfusión”. La voz grave del médico se abre camino hasta que nos llega.
No puede levantar la cuchara para comer así que su madre, sus hermanas, sus amigas, le están ayudando. Esto nos influye porque me ayudará a recuperarte más rápidamente.
Yo tampoco sé cómo funciona todo esto, pero te pido que confíes en mí porque me lo ha dicho L, indirectamente claro. Atraviésame siempre que puedas para renovarte, no hay prisa, pero ve haciéndolo. Por nosotras, que somos ella.

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