Se encontraba tranquila; la serenidad se respiraba en el ambiente y entraba en ella como si fuera parte del aire. Observaba detenidamente el baile sin fin que mantenían las lenguas de fuego. Entre sí. Entre el aire y ellas. Chisporroteos que rompían el silencio oscuro que la rodeaba.

Ella se sentía un elemento más en la composición: un juego mudo y sosegado entre las paredes que lo delimitaban. No parpadeaba. ¿Podrían introducirse sus pupilas en aquel baile? ¿Podrían dar unos pasos junto a esas llamas que mudaban continuamente sus colores?

Su mirada era oscura como todo el entorno. Hasta que notó una gota de agua en la mejilla. No se movió. Ni siquiera el frescor húmedo era capaz de romper el encantamiento que había conjurado el fuego. Sin embargo, repentinamente otra luz se abrió paso. Golpeaba suave pero firme contra el resplandor de las llamas que continuaban escalando incansables el aire quieto y oscuro. Una suave brisa hizo tambalear la altura del fuego, quedando empequeñecido frente a la otra luz. ¿Por qué competían?

Cuando cayeron más gotas, su mirada se alzó mientras sus dedos recogían la humedad del rostro. Los ojos descubrieron el origen en el techo. Se había abierto. Habían desaparecido las vigas, las tejas, el adobe… y entraba una luz resplandeciente, acompañada de un séquito de gotas de agua.

Pero las manos descubrieron otro origen… Eran sus propios ojos los que derramaban lágrimas. Breves e iluminadas. Tornó a inclinar el rostro hacia el espectáculo que le había robado la mirada instantes antes. Y entonces lo vio.

Infinitos colores se dibujaron ante ella. Formaban un sutil arco desde sus ojos hasta el fuego. ¿O era desde más allá del techo, del cielo? ¿Hasta dónde llegaba en realidad? Trató de aferrar el arco de luces diferentes con la mano. Y un golpe sordo rompió el silencio tiznado.

Sus pies descalzos rozaron la piel de un libro. Se había quedado abierto y las hojas ahora bailaban con el aire que susurraba entre las lenguas de fuego. Una de aquellas quiso notar más cerca el calor y se dejó prender. Ya no se trataba de un baile. Era una violación, lenta, atrevida y sin pausa.

Ella abrió los ojos bruscamente cuando el calor rozó los dedos de sus pies. Y entonces lo vio. No estaba en una habitación. No había chimenea o algo similar. No había libro.

Su espalda notó la dureza del suelo. Su mirada percibió la lluvia surgida del sol y el incendio que avanzaba sin remedio.

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