Hasta la melodía de «Bestias de Inglaterra» era seguramente tarareada a escondidas aquí o allá; de cualquier manera, era un hecho que todos los animales de la granja la conocían, aunque ninguno se hubiera atrevido a cantarla en voz alta. Podría ser que sus vidas fueran penosas y que no todas sus esperanzas se vieran cumplidas; pero tenían conciencia de no ser como otros animales. Si pasaban hambre, no lo era por alimentar a tiranos como los seres humanos; si trabajaban mucho al menos lo hacían para ellos mismos. Ninguno caminaba sobre dos pies. Ninguno llamaba a otro «amo». Todos los animales eran iguales.
Una crítica feroz, contemporánea (en realidad se basa en la Revolución Rusa y lo escribe durante la Segunda Guerra Mundial) y a la vez visionaria con respecto a los totalitarismos o actitudes totalitarias.
Sí, una comedia en ocasiones, una ficción en toda regla de la historia y los personajes, pero no por ello menos real que la vida misma. Es más, dicha ficción permite soltar la pluma irónica del autor para poner en boca de animales, especialmente de los cerdos, palabras, ideas y reflexiones que se gestaban por aquellos años.
En contra de lo que frecuentemente se defiende, Orwell dijo que
La libertad significa el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír.
Una postura en ocasiones difícil, aunque únicamente sea por la posibilidad de incomodar y hacer pensar, camino para no dejarse conducir como borregos.
Muestra de manera gráfica y satírica la decadencia humana cuando entra la corrupción en la toma de poder, dejando a la luz un sistema que está condenado al fracaso por ser una utopía.
En tiempos de engaño universal, decir la verdad se convierte en un acto revolucionario.
