Una cosa es el cuerpo desnudo de un anciano desconocido y otra cosa es ver a tu padre como a un niño en ruinas y una brecha en la cabeza. Porque venimos sin ropa y sin ropa nos vamos. Esa intemperie de carne y huesos somos.
Tres hijos. Tres modos de vivir una relación con su padre, el mismo y tan distinto. Carmen, como trabajadora nata, se ha hecho a sí misma con tenacidad y constancia, sin escatimar esfuerzos, y a la vez sin dejar un cabo suelto en su vida y en la de los demás. Gabriel es el listo y el «forrado», la envidia y punto de comparación, quizá por sus numerosos viajes de éxito profesional. Y Darío es el «desastre», el «ni-ni» y el que disfruta de los placeres de la vida.
Sin embargo, cada cual esconde su propia historia de fragilidades, miedos e inseguridades, sus rencores y sinsabores. Las palabras de Darío suenan duras:
Es como si cada uno tuviera un papel. Y el mío, a veces, fuera el de esas hojas mal escritas que acaban hechas una pelota y alguien encesta en la papelera. Tú eres el folio que les salió mal a Antonio y a Olivia, me digo. Tú eres el folio lleno de tachones, macho. Tú eres ese párrafo que empezaron tus padres varias veces y que dejaron por imposible porque no sabían cómo terminarlo, pedazo de cabrón. Tú eres lo que no está escrito, Darío.
El padre, viudo, carga no sólo con sus años y las inclemencias de la vejez (le «sale mamá por los ojos»). Carga con una culpa que es a cada momento recordada, hurgada como una herida que nunca ha llegado a cicatrizar. Ese rencor procede día a día del silencio implacable de uno de sus hijos:
Todo se me hace irrespirable estando juntos. El aire se vuelve denso. Las palabras pesan al sacarlas de la boca. Se quedan ahí abajo como piedras caídas. No hay quien las levante luego. Y sobre esas ruinas hago sedimento del silencio. Y ese silencio que yo dejaba que creciera en torno a él, y ese silencio que le iba asfixiando poco a poco, y ese silencio acusador, que se fue convirtiendo en niebla, que le fue ocupando todo hasta que dejamos de vernos.
Un duelo en vida que, sin embargo, no queda excluida la esperanza. Quién sabe a dónde nos puede conducir una experiencia cruda, la convivencia con la decadencia…
Me gusta pensar que os dejamos algo mejor: la seguridad de que todo lo importante de la vida cabe en una vieja bolsa de viaje. Creedme: no hace falta más para mudarse.
