Sencillez y ligereza: es lo que se respira de estas páginas, en las que Elizabeth se vuelca con todo su ser en su precioso jardín, sus libros y sus hijas. No es experta jardinera, y en ocasiones se equivoca con la siembra de algunas semillas, o alguna planta trasplantada no sale adelante… Pero no pierde su ilusión en convertir en paraíso ese pequeño refugio.

¡Con qué ansiedad espero el día en que las rosas de té abran sus capullos! ¡Nunca he esperado nada con tanta intensidad; y cada día hago la ronda, admirando lo que esas cosas tan pequeñas han conseguido en veinticuatro horas, ya sea en forma de una nueva hoja o de un aumento de la preciosa yema roja.

Sin embargo, no es un refugio porque huya de algo, sino porque se rebela contra la «sociabilidad» de la época, con sus normas y estereotipos. Se siente ahogada con todo lo relacionado con las invitaciones, visitas de cortesía… que, además, valora tanto el «Hombre Airado» (su marido).

Es un resquicio de vida y felicidad expresado con soltura y dinamismo.

La gente que quiero siempre está en otra parte y no puede venir a verme, mientras que siempre tengo la casa llena de visitantes a los que apenas conozco y que me importan menos todavía. Es posible que si viera con más frecuencia a aquellos a los que quiero de verdad ya no los quisiera tanto; al menos eso es lo que pienso en los días húmedos en que el viento sopla alrededor de la casa y la naturaleza se cubre de pesar; y más de una vez me ha ocurrido que, al partir unos grandes amigos, he deseado no volver a verlos al menos en diez años.

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