Camina por una alfombra líquida de motivos geométricos, de puntillas, se siente fuera de sí mismo, justo al lado, como si hubiera abandonado su cuerpo pero siguiera llevándolo de la mano.
Théo es un adolescente de doce años y es un superviviente, como tantos otros. Padres separados en una situación dolorosa e incómoda para él: cada semana alterna su vida de uno a otra y al revés, convirtiéndose en cómplice de su padre y en palangana de su madre.
Vive el desempleo, la falta de recursos, la dejadez que va en aumento, la apatía y depresión de su padre, a la par que desvive la ira de su madre, sus constantes críticas y frases hirientes hacia «el enemigo». Hasta que se impone el silencio: mejor callar, no delatar y tragar.
Eso es lo que le toca hacer, todos los viernes, más o menos a la misma hora: ese desplazamiento de uno a otro mundo, sin pasarela ni guía. Dos bloques compactos, sin ninguna zona de intersección. A ocho estaciones de metro: otra cultura, otros hábitos, otra lengua. Sólo dispone de unos minutos para aclimatarse.
(…)
Cada vez le parecía recibir el sufrimiento de su madre en su propio cuerpo. Tan pronto era una descarga eléctrica como un corte o un puñetazo, pero siempre sufría su propio cuerpo la repercusión del dolor para absorber su parte.
Cómo empezó, cómo se hizo dependiente… Qué más da… La mirada cada vez más vacía, la mente aturdida y sin capacidad de pensar, el cuerpo torpe. Y, sin embargo, cada vez más. Querría traspasar esa puerta, con su amigo Mathis o sin él. El escondite tras el armario de su instituto se queda escaso. Los restos de botellas ya no le afectan.
Una profesora lo observa. Ve en él huellas, marcas de su vida pasada. ¿Y si está recibiendo algo más que comentarios? ¿Y si la ira por la situación matrimonial se está materializando de un modo más físico? La preocupación y su propio trauma pueden provocarle una distorsión de la realidad.
Pero no va tan mal encaminada…
Busca en sí mismo el rastro de la embriaguez. Le gustaría recobrar la impronta del alcohol en sus movimientos, una lentitud, un embotamiento, siquiera ínfimo, pero no queda ya nada. Ha perdido el caparazón. El aire del invierno lo ha quemado todo. Vuelve a ser ese niño que detesta, que pulsa el botón del ascensor muerto de miedo. El miedo emerge de un sueño aletargado cuyo sabor ambarino ha desaparecido, se difunde por todo su cuerpo y acelera su ritmo cardíaco.
