Empezamos a explorar los riesgos… El primero es algo elemental: la sensación o el pensamiento de que supone perder el tiempo.
Sartre, el filósofo, decía que la literatura es como una vidriera, no un vidrio ni una pared con un fresco: es decir, se trata de un acto que es medio y fin a la vez. No es algo transparente para dejar pasar la luz, u opaco y sin vida sin más para mostrar unas escenas, sino que ilumina y además otorga dinamismo a nuestra realidad.
¿Qué actitud mantenemos ante una obra de arte? Bueno, o tratamos de mantener o, al menos, se nos invita… A guardar silencio, especialmente por dentro de uno mismo, para contemplar, y dejarse interpelar. Y esto necesita de una dosis de humildad para reconocer otra grandeza fuera de mí, y también hace falta esfuerzo.
¿Cuál es la disposición en la lectura? Escuchar, entrar en relación y no volcar nuestra propia subjetividad.
Un insecto metálico sobrevuela tu casa. Ver un mundo tan señalizado con tantos hombres perdidos. Porque, si bien sabemos construir aparatos capaces de la velocidad, pantallas táctiles y robots que simplifican nuestras vidas, hemos descuidado el alma. Velados por una soberbia que ha cebado nuestros hallazgos, se nos ha olvidado el corazón. Para llegar al corazón hace falta muy poca velocidad. La debilidad es el medio de transporte más efectivo. La velocidad es una licuadora: lo indiferencia todo. Pura mezcla, un remolino. El amor es lo contrario de un avión comercial: frena en seco, derrapa delante de cada cosa.
Jesús Montiel, Lo que no se ve.
Y cuando la velocidad se ralentiza, ocurre una cosa. Nos dispone al amor, y a otra cosa:
El alma es un mundo que llevamos dentro de nosotros, y al que muchos no se asoman nunca por atender al tumulto de la vida mortal, a los ruines apetitos de la carne, a las infernales seducciones… ¡Hay que asomarse a nuestra propia alma por las ventanas de lo interior de la conciencia, para ver todos sus tesoros! ¡Qué paz, qué sosiego, qué floridos campos, qué eternos verdores, qué claridades celestes se gozan desde allí!
P. Ruiz de Alarcón, El escándalo.
El tumulto de la vida nos lleva a vivir para ser eficaces y eficientes, ser productivos, ser inmediatos porque sino “perdemos la oferta o la plaza vacante”. O, «simplemente», perdemos el tiempo, un elemento muy valioso pero quizá demasiado teñido de una eficacia de lo materialmente útil (en apariencia).
¿Cuánto tiempo al día lo dedicamos a nuestra interioridad? E incluso escuchando música o haciendo relajación, podemos estar desparramados hacia las cosas. Para dejarse empapar de lo que nos pueda decir un libro conviene tener dos facetas simultáneas: artística y científica (pasión y ensimismamiento por aquello que nos supera y sobrecoge quizá, y paciencia).
¿Estás dispuesto a correr el riesgo?
