Cada vez que miro un reloj, veo claramente cómo, a medida que giran, las agujas se erosionan, se vuelven delgadas como el alambre atacado por el óxido, hasta desaparecer por completo. La esfera misma es devorada, sus cifras se tornan ilegibles, a través de sus fisuras empiezan a distinguirse las rueditas llenas de dientes. Hasta que el soplo del tiempo las arranca también de la carcasa metálica, como el plumón del diente de león. Y la carcasa se arruga, como un hongo, en el cuenco de la mano.

Cada vez que hablo contigo, veo claramente cómo envejeces. Cómo te cubres de arrugas. Cómo cuelgan tus pechos en el sostén resudado. Cómo tus manos se llenan de manchas. Cómo los lunares dibujan constelaciones en tu piel. Cuando regresas y te vas, encorvada, con las vértebras del cuello visibles como las de los estegosaurios, dejas a tu paso una oleada de perfume viejo, almacenado en la textura pesada de la orina.

Cada vez que me compro una ciudad y la sujeto con ambas manos (como sujetaban en otra época los fundadores las maquetas de las iglesias), mi ciudad no resiste. Me la roban, me la roban a cada instante. La roban las arañas que se descuelgan del techo con un hilo de saliva. La corroen las cucarachas de la cocina. La destruye mi propia respiración, el resuello de mis viejos pulmones. Nunca he vivido en una ciudad sin que esta se disuelva a mi alrededor como el azúcar en el agua. Nunca he contemplado una casa sin observar cómo se inclina hacia un lado. Nunca he dormido en una cama sin que esta se hunda bajo el peso del tanque de mis sueños.

De ahí mi oficio: constructor de ruinas. Mi vocación: arquitecto de ruinas. Mi vicio: voyeur de ruinas. No me preguntéis por lugares olvidados y abandonados en Europa. Incluso mi madre es un lugar así. Yo mismo soy un lugar así.

Con estas páginas somos capaces de comprender mejor la forma de escribir, el modo de narrar entrelazando elementos tan dispares (historia, sueño, cultura, circunstancias de su vida, lo mágico…), y la manera de expresarse: sí, prosa, pero con un fondo poético innegable.

A sus 50 años rememora hechos de su infancia y juventud, de su familia. Se trata de una introspección del autor y una reflexión algo nostálgica acerca de lo vivido. Descubrimos qué cosas le han marcado profundamente, y entendemos cómo es su mirada actual. Todo esto aparece en sus libros de alguna forma. Él mismo cuenta acerca de su vocación de escritor y su amor a la literatura. Un amor que no deja a un lado cierta amargura.

… hasta que, hacia el final, inventó una lengua nueva y desconocida, la lengua de la infelicidad, esa en la que están escritos los libros verdaderos.

Hace pensar a través de breves frases en algunos momentos, que dan un pequeño golpe a quien las lee y se deja interpelar.

También anima a echar una mirada hacia atrás ante algunas cuestiones:

Me sorprendió más adelante descubrir que todos nosotros tenemos un libro perdido en lo más profundo de la infancia, nítido e impresionante en el recuerdo, pero imposible de encontrar en la vida adulta.

Una pregunta, muda, nos recorre la mente a medida que avanzamos en la lectura. Y es la que guarda relación con el título: ¿Por qué este título? Un capítulo, una narración, lleva este nombre, y ahí podremos leer el punto de inflexión de la vida de Cārtārescu.

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