Una vez hemos arriesgado a elegir un libro entre mil posibilidades, aparece un segundo riesgo: el notar, enfrentarnos o entablar una conversación con nuestra propia vulnerabilidad.
Si leo lentamente, me quedo desnuda en mi identidad y en la posesión de mí misma. Si leemos lentamente, los libros nos mostrarán un camino para leernos en ellos en nuestra integridad: quizá unas palabras me hagan cuestionarme mis certezas, mis valores o mis creencias; tal vez me haga comprender un acto perverso tras ver la historia que hay detrás…
Puede que mi visión del mundo se rompa en pedazos y perciba que la inseguridad avanza implacable. O al menos, que me hace tambalear.
Esta vulnerabilidad, se entiende que sea poco agradable en cierto modo, golpea aún más fuertemente si lo llevamos a cabo dentro de la soledad: si salgo al encuentro de otra subjetividad, que es el espíritu del autor.
Por ejemplo, en la anterior entrada aparecieron citas relacionadas con el tiempo. Continuamos:
Nadie se daba cuenta de que, al ahorrar tiempo, en realidad ahorraba otra cosa. Nadie quería darse cuenta de que su vida se volvía cada vez más pobre, más monótona y más fría. Los que lo sentían con claridad eran los niños, pues para ellos nadie tenía tiempo. Pero el tiempo es vida y la vida reside en el corazón. Y cuanto más ahorraba de esto la gente, menos tenía.
Momo, Michael Ende.
Lee despacio y deja que una leve sacudida te haga trastabillar por dentro. ¿Reconoces algo de lo que dices? ¿Te reconoces a ti, quizá, o a alguien cercano?
¿Será casualidad la relación de la literatura, tan distinta, entre tiempo y el corazón o el alma, la interioridad como vimos en la entrada anterior?
Hace unos años, unas palabras que me golpearon y he de confesar que me escocieron.
Esos sueños me avisaban de que puesto que yo quería ser escritor, ya era hora de ir pensando lo que iba a escribir. Pero en cuanto me hacía yo esta pregunta, y trataba de encontrar un asunto en que cupiera una significación filosófica infinita, mi espíritu dejaba de funcionar, no veía más que un vacío delante de mi atención, me daba cuenta de que yo no tenía cualidad genial…
En busca del tiempo perdido. Por el camino Swann, Marcel Proust.
Y esto no sólo se aplica a la hora de escribir… ¿No tenías una idea de hacer algo pero algo te paralizaba por miedo a no llegar a ese listón, por no querer hacerlo realidad por si acaso decepcionaba… a ti o a otros?

Escuece saber que no somos perfectos, que no tenemos grandes dones y talentos (o sí), que procastinamos por diferentes motivos… Escuece pensar que queremos influir o manifestar algo, y puede que no recibamos ni un mínimo reconocimiento (o incluso algún comentario despectivo).
Es difícil construir nuestra identidad desde y a partir de nuestra innegable fragilidad. Es un posible aprendizaje de los libros. Y el resultado será, apostaría lo que fuera, una obra más plenamente humana y auténtica que la que se pueda hacer sin imperfecciones.
Fácil decirlo, ¿verdad?
