7 de julio
Hoy he pensado con admiración que el porvenir es semejante a una escena oculta detrás de una cortina. Pesimista hasta la médula, no espero más que a verlo levantarse sobre las tinieblas, pero también puedo descubrir la claridad de un día de fiesta. Nada absolutamente se lo impide, y el pensamiento de una felicidad todavía posible me calienta el alma. Solamente podría decir «no hay nada que hacer en el momento de la muerte. Mientras uno vive, nada puede impedir la grandeza de completarse.
Banine (Umm-El-Banine Assadoulaef) nació y creció en Bakú. Sus vivencias y su marcha a París las relata en Días en el Cáucaso y Días de París. Ahora nos encontramos ante otra clase de experiencia: con su mismo estilo directo, claro, en ocasiones quizá abrupto, muestra su diario llevado a lo largo de dos años aproximadamente.
Días convulsos, intensos, pues pretende aferrarse a un cambio de vida en cuanto a cambio de sistema de creencias. Pero no resulta fácil: es una mujer racional y profundamente honesta. Muy inteligente, lo que no le impide ser consciente de sus límites y pedir otras perspectivas, contrastar, etc. A la vez, es perseverante y no aceptará un «aún no» como fin de su pelea.
Todo el mundo sabe que el silencio, la oscuridad, la inmovilidad física son propicios al desencadenamiento de nuestros demonios: es el tiempo por excelencia para sus victorias y nos arrastran a la danza que provocan en nosotros. Cuando pienso en las innumerables horas pasadas luchando por el sueño, horas de agotamiento y de exasperación, volviéndome una y otra vez en la cama, me maravillo de verme sana de espíritu, libre, y no encerrada en cualquier manicomio. Y cuando al amanecer veía crecer la luz a través de las cortinas corridas, me sabía condenada a vivir un nuevo día, una nueva noche de insomnio y todavía otro día y otra noche, sin fin… La cama era como el abismo de donde había que subir a la vida de cada día, esa vida que no me aportaría más que una repetición de lo ya sufrido.
Sabía instintivamente que si no reaccionaba brutalmente contra esa enfermedad que me devoraba el alma como un cáncer, me perdería. Pero ¿cómo? Lo ignoraba, pero no ignoraba que ya no podía continuar sufriendo de esa manera.
Lo que ha vivido hasta ese momento, no le sacia. Más bien, al revés. Entonces, presenciamos su sed, su desgarro, su búsqueda, sus dudas… Está claro cómo es su mirada: de frente ante las personas, las situaciones y a sí misma.
11 de diciembre
Hace un rato me ha ocurrido algo maravilloso; tuve un instante de angustia atroz al imaginarme la vejez «solitaria y heladas» que me esperaba, pero de repente me acordé de que existía la muerte. Y me invadió una sensación de felicidad inusitada, en lugar de miedo. ¿Al fin me habrá concedido Dios la gracia de amar a la muerte? Pues el que ama la muerte, no solamente deja de temerla, sino que al mismo tiempo es descargado del miedo de vivir.
