Los libros viven…

Sí. Los libros viven. Respiran a través de sus palabras, laten por sus letras… ¿Algo muerto? ¿Inerte? ¿Sólo cobra vida en la mente del autor o en la imaginación del lector?

Me gusta rozar las portadas de los libros; se trata de un gesto inconsciente, y quizá absurdo… pero así me parece que les despierto, les aviso que voy a traspasar su intimidad que ha estado cerrada hasta ese instante. Pienso que es una manera de captar su respiración, su latido, para vivir con él lo que me quiera mostrar, sin esperar nada.

Me gusta oler sus páginas, para notar la vida que surge de ellas embargando toda mi sensibilidad. Posiblemente también sea absurdo, sin embargo, logro estrechar el vínculo que comienza con ese gesto, desconociendo hasta dónde me va a llevar.

Me gusta mirarlos, contemplarlos: y saber que esconden una vida que sólo es para mí.

“Me gustaría saber qué pasa realmente en un libro cuando está cerrado. Naturalmente, dentro hay sólo letras impresas sobre el papel, pero sin embargo… algo debe de pasar, porque cuando lo abro aparece de pronto una historia entera. Dentro hay personas que no conozco todavía, y todas las aventuras, hazañas y peleas posibles…, y a veces se producen tormentas en el mar o se llega a países o ciudades exóticos. Todo esto está en el libro de algún modo. Para vivirlo hay que leerlo, eso está claro. Pero está dentro ya antes. Me gustaría saber de qué modo”.

La historia interminable, de Michael Ende.

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