¿Qué es el tiempo? Un misterio omnipotente y sin realidad propia. Es una condición del mundo de los fenómenos, un movimiento mezclado y unido a la existencia de los cuerpos en el espacio y a su movimiento. Pero ¿acaso no habría tiempo si no hubiese movimiento? ¿Habría movimiento si no hubiese tiempo? ¡Es inútil preguntar! ¿Es el tiempo una función del espacio? ¿O es lo contrario? ¿Son ambos una misma cosa? ¡Es inútil continuar preguntando! El tiempo es activo, posee una naturaleza verbal, es «productivo». ¿Y qué produce? Produce el cambio. El ahora no es el entonces, el aquí no es el allí, pues entre ambas cosas existe siempre el movimiento.

Ése soy yo y considero que soy el auténtico protagonista de esta historia. Me he colado por cada página y me he introducido en la personalidad de cada personaje. He hilado las conversaciones, la mayoría de índole filosófica o trascendental, o al menos, profunda.

Te voy guiando, lector, contando historias que se entremezclan desde la llegada de Hans Castorp al sanatorio. Pretende pasar tres semanas visitando a su primo, pero… Entraré yo en juego. No sólo lograré despistar a los personajes: a los médicos, a Settembrini, a Joaquim, a Naphta, a la Chauchat… Sino también a ti.

Algunas veces se inclinaba sobre el aparato, que giraba y giraba como si respirase, se inclinaba como para oler un ramo de flores, dejando que el aroma embriagase sus sentidos; otras, se quedaba de pie frente al cofrecillo, paladeando las mieles del director de orquesta que alza la mano y, con un gesto de máxima precisión, da la entrada a la trompeta.

¿Estarás dispuesto? Tendrás que tener paciencia, porque hice que el autor describiera maravillosamente algunas ideas (políticas, antropológicas, médicas, musicales), algunos rasgos del amor y de la muerte (por supuesto, también de mi paso inexorable), paisajes y hechos. Pero quizá te diría que hechos son los menos: lo que importan son los pensamientos que manipulan la realidad como espacio y tiempo.

Vivía deprisa, como el mecanismo de reloj que se acelera; franqueaba al galope las edades que no le sería concedido alcanzar en el tiempo, y en el curso de las últimas veinticuatro horas se convirtió en un anciano.

Todo el mundo que llega para visitar a algún pariente o amigo parece que está sano. Pero, ¿es así realmente? Yo me escondo… Me oculto en cualquier resquicio de maquinaria médica o de manchas en los pulmones. Todo el mundo tiene algo. Todo el mundo vive en otra realidad de la que luego es difícil salir… A no ser que fuerzas mayores lo provoquen.

Un hecho histórico y bélico me romperá mi misión en este sanatorio, en el que se pierde la cuenta de los días, donde las unidades de tiempo se modifican… ¿De manera permanente?

2 comentarios sobre “La montaña mágica, de T. Mann

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