Pero este hombre joven, que se encontraba en ese momento trabajando en la fabrica de Sèvres, fue un soñador cuyo sueño pasaba por sus manos, y empezaría de inmediato a hacerlo realidad. Tenía cierta idea de cómo empezar; una calma interna le enseñó el camino de la sabiduría.

Cartas a Rodin, de Rainer María Rilke.

Esculpir, pintar, escribir… Acciones que son al fin extensiones de la propia intimidad. Vemos las obras de arte y, si cultivamos esa sensibilidad estética que nos facilita la percepción auténtica, captaremos lo que la misma obra dice. No sólo la intención y la subjetividad del autor, sino la de la misma obra.

A Miguel Ángel las piezas de mármol le sugerían lo que ocultaban. Él se limitaba a retirar lo que «estorbaba» a su visión.

Supongo que es un aprendizaje a cámara lenta. Depurar la subjetividad. No excluirla ni renunciar a ella porque «no puede» dar conocimiento objetivo, datos. La sensibilidad va más allá: también nos da acceso a un modo de conocer la realidad, el mundo, aunque es verdad que es más susceptible de quedar teñida por nuestra interpretaciones, en ocasiones narcisistas. O incluso dejarlas impregnadas si nosotros somos artistas.

Rilke observó a Rodin durante años. Trabajó para él. Pero sobre todo, le contempló. Vio cómo se encerró durante años para adquirir destreza y perfección en su arte, sin miedo a la oscuridad del no-lenguaje. Rilke puso palabras a lo que observaba:

La mascarilla de El hombre con la nariz rota fue el primer retrato creado por Rodin. Su particular manera de trabajar los rostros está ya totalmente desarrollada en esta obra temprana. Encontramos su devoción sin límites por lo que estaba ante él, su reverencia por cualquier línea trazada por el destino, su confianza en la vida, que crea incluso allí donde desfigura. Creó El hombre de la nariz rota con una especie de fe ciega, sin preguntar quién era el hombre al que retrataba.

Cartas a Rodin, de Rainer María Rilke.

Creación donde quizá a nuestros ojos haya algo con formas vagas. La primera purificación de la subjetividad viene de ese acto de fe y confianza que hay en lo que se oculta, no se muestra o se calla.

Y evito hablar de belleza. Puede confundir más que arrojar luz.

La belleza siempre es algo hacia lo que nos acercamos, aunque no sabemos qué es ese algo.

La noción de una sensibilidad estética capaz de asir la belleza nos ha conducido por un mal camino, y ha producido artistas que entienden su labor como la creación de la belleza. En este contexto vale repetir que la belleza para nada se «crea». Nadie nunca ha creado la belleza.

(…)

Gobernado por la urgencia de cumplir con un propósito más allá de sí mismo, sólo sabe que existen ciertas condiciones bajo las cuales la belleza puede llegar a las cosas que elabora. Y su vocación consiste en aprender a conocer estas condiciones, y en conquistar la habilidad para generarlas.

Cartas a Rodin, de Rainer María Rilke.

Es difícil llegar a esta honestidad con uno mismo y con el mundo: la belleza existe pero «ella» decide sobre qué realidades puede habitar. De ahí que resulte relevante educar, cultivar, equivocarse, tantear, con la mirada.

Este modo de acceder al conocimiento empieza por un sentido externo, y sobre ese estímulo la sensibilidad necesita tomar conciencia de lo que está recibiendo. Mejor aún: de lo que se le está apareciendo.

Y para esta actitud consciente es necesario aprender a guardar silencio. No sólo un silencio exterior, sino sobre todo interior. Resulta relevante una de las descripciones que hace Rilke del escultor: «Rodin es un hombre silencioso, como todos los hombres de acción».

¡Cuánto aprendió el poeta de Rodin! Le mostró el modo de contemplar la obra como una actividad trascendental, religiosa, y así escribir sus versos con la misma consistencia que una escultura.

Cada arte tiene su «aquél», y quisiera poder tener ante mí las palabras. Todas. Las infinitas, para poder tocarlas, modelarlas, darles forma, introducirme en su contenido (y el continente). Y realmente las puedo acariciar y golpear en mi conciencia, pero quisiera ante todo dejarlas ser. Aprender de ellas trabajando y generando lo que quieran. Mi subjetividad a su servicio, no al mío.

Camino de aprendizaje. Estrecho y sinuoso, con sombras. Pero es cuestión de tiempo (y de trabajo).

– ¿Pero usted fue joven alguna vez?

– En ese entonces era como todo el mundo. Uno no sabe nada cuando es joven; eso viene después, y sólo poco a poco.

Cartas a Rodin, de Rainer María Rilke.

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