Desde que le dieron el Nobel a Han Kang, he tenido muchas ganas de leer algunos de sus libros. Me ha costado encontrar el momento ante los títulos que se van imponiendo o que aparecen de forma repentina.

Sin embargo, la semana pasada pude «atacar» al final el libro de La Vegetariana. Leí el prólogo que me sirvió para situarme pero quise dejarme apelar por las propias palabras de la autora.

En pocas ocasiones he dejado un libro sin acabar. Suelo ser muy intuitiva y si veo que me puede desagradar, no lo comienzo. He de decir que suelo recurrir a opiniones que para mí son de referencia, aunque esta vez no lo hice.

Recordé un hecho de cuando era pequeña, apenas 8 años: me emperré en comprar un libro de un quiosco (¡Sí! Antes era casi el punto de encuentro obligado del barrio para ir en busca de noticias en papel), y mi madre al final accedió. Lo leyó ella primero y luego me dio paso a iniciar mi lectura.

«¿Qué te ha parecido?»

Me preguntó al ver mi mutismo con cierto ademán orgulloso. Sí, tenía razón, no había merecido la pena.

Mi madre me enseñó a formar la mirada y el pensamiento críticos (bueno, y toda mi familia).

Pues con este libro del Premio Nobel he tenido que enfrentarme a dos fuerzas: el propio orgullo (ya se ve que tengo un rato) y la «opinión pública internacional». Y aun así, lo he dejado sin acabar.

Se comprueba la protesta, la crítica social que se pretende hacer, y no escatima en recursos con un dominio de la palabra escrita: sucinta, sensual y descriptiva. El problema es el «tiempo de exposición» que legitima la expresión del cuerpo desnudo, ya sea visualmente o mediante palabras.

El arte es material. Requiere de un medio tangible para revelar lo intangible. Así se podría decir que cualquier expresión artística posee un carácter «sacramental» en cuanto signo que transparenta algo.

El lector puede experimentar de algún modo las figuras de los personajes, en los momentos de desnudo, que se revelan como esculturas, perfectamente modeladas por las palabras.

Es necesario mostrar esta belleza porque es arte, genera arte y responde al arte. Sin embargo, hay que tener en cuenta algunos factores para que no se prostituya o pervierta dicha belleza: he hablado del tiempo pues prolongarlo excesivamente «afea» esa realidad y se favorece la aparición de otros sentimientos. Mejor dicho: instintos.

Hace unos meses vi una danza en la que se hacía un desnudo y realicé la siguiente reflexión en un ensayo escrito:

«Los bailarines se desvisten entre ellos con mano experta y delicadamente mostrando un despojamiento y una aceptación del otro, constituyéndose así un preludio para formar un solo cuerpo. Esto resulta de sentir la atracción del otro como un bien, y ese bien es una persona, no una cosa u objeto que se posee. Esto ha quedado reflejado en los rostros de los bailarines: han tornado de una seriedad y sufrimiento hasta una expresión sonriente, más humana. Han quedado atrás las relaciones de dominio y posesión, asociadas a la concupiscencia y el utilitarismo, para abrir paso a la intimidad, camino hacia un amor auténtico, anteriormente adulterado».

Tras un cuerpo hay una persona, y esta unión es indisoluble aunque se puede fracturar con esa mera utilización suya.

Se trata de sentir el atractivo hacia la persona, es decir, de englobar en este acto no solamente los diversos valores ligados a ella, sino los valores de la misma persona: porque ésta es un valor por sí misma, y por esta razón merece ser el objeto de la atracción y no tan sólo por tales o cuales valores que se le injertan”.

Entiendo la protesta que se puede pretender hacer acerca de la cosificación del cuerpo y en concreto de la mujer. Pero no puede ser que la propia protesta cosifique y pervierta lo que hay «detrás» (mejor: «en») de un cuerpo. Ahí se encuentra también la intención que conduce al modo de representarlo. La subjetividad puede entorpecer la correcta recepción e interpretación del arte, por supuesto, y por ello resulta necesario conocer esas intenciones y ese «modus operandi», y también es imprescindible que la propia mirada del receptor se eduque en cierto sentido.

No obstante, a veces la propia intención puede quedar empañada si no se emplean bien los recursos y se olvida la indisolubilidad de la persona.

El arte tiene el derecho y el deber de reproducir el cuerpo humano lo mismo que el amor del hombre y de la mujer tales como son en realidad, tiene el derecho y el deber de decir sobre ello toda la verdad. El cuerpo es una parte auténtica de la verdad sobre el hombre, como los elementos sensuales y sexuales son una parte auténtica del amor humano. Pero no es justo que esta parte oculte el conjunto, y esto es precisamente lo que sucede frecuentemente en el arte.

No quiero extenderme más en este aspecto aunque soy consciente de haber dejado resquicios abiertos que una conversación permitiría cerrar.

Por otro lado, otro tema que me ha surgido con lo que he leído es acerca de mostrar artísticamente la fealdad, lo zafio, lo desagradable, en contraposición a la tendencia de representar la belleza clásicamente concebida. Y pienso que los mismos factores antes mencionados influyen asimismo en la legitimidad de este tema: una exposición prolongada en el tiempo, un modo de representar que roza el limite con lo inhumano, pueden ocultar hasta la pretendida intención de expresar la realidad en su forma «completa», también en su vertiente dolorosa o negativa.

No niego que haya arte en algunas expresiones de sufrimiento, muerte, abandono, depresión… Al revés. Pero la delicadeza al mostrarlo porque se trata de «material humano» me resulta relevante.

De nuevo, más puertas nuevas y puntadas sin rematar. Lo siento… Más adelante, cuando me acabe otro libro acerca de unas meditaciones sobre la belleza (¡Ah! Por cierto, también de un autor de origen asiático), podré escribir más.

Por lo pronto, me quedo con el aprendizaje de autoconocimiento, y de mirar con distancia un libro para saber si tiene un momento de dejarlo a un lado porque cosifique mi propia mirada.

2 comentarios sobre “Saber decir «no» a un libro

  1. La reflexión que apuntas acerca del arte, “El arte es material. Requiere de un medio tangible para revelar lo intangible” me parece excepcional, porque condensa el sentido último y más importante de la experiencia artística, que no es la obra por sí misma, sino la percepción que siente el que lo experimenta.

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