Realidad, sueños, ficción, poesía, historia, psicología… son los distintos ejes del tiempo, auténtico protagonista de estas páginas.
Antaño se encuentra en Polonia y posee unas fronteras que no se pueden traspasar, o eso afirman algunos… El tiempo transcurre entre un personaje y otro, incluso entre seres intangibles o elementos distintos.
En Antaño, como en todas partes, hay lugares donde la materia se crea a sí misma y surge de la nada. Siempre se trata de pequeños terrones de la realidad, insignificantes para el todo y que por tanto no amenazan al equilibrio del mundo.
Además, logra traspasar dos guerras mundiales, una ocupación rusa, hambre, desilusiones, violencias… sin embargo, puede dejarse a alguien por el camino. Se refleja asimismo en la brevedad de los capítulos, de las historias, del protagonismo común a todos los personajes (o a ninguno).
El rasgo más característico de todo aquello que vio Izydor era la temporalidad.
Fragmentos de historias que caen y se levantan para mostrar la cotidianeidad del sufrimiento, de la miseria, del amor, del suceder de las generaciones, de los mismos personajes.
Misia, como todo ser humano, nació fragmentada, incompleta, a pedazos. Todo eran partes independientes: la mirada, el oído, el entendimiento, el sentimiento, la intuición y las sensaciones. Su pequeño cuerpo se hallaba dominado por impulsos y por instintos. Todo el futuro de Misia debía consistir en recomponer aquella vida y en permitir, posteriormente, su descomposición.
Nosotros nos convertimos en testigos. Al comienzo de una mezcla de lo real y lo onírico, para luego entrar de lleno en la dureza de la vida.
Antaño es una «excusa» para mostrarnos un lugar sitiado.
Empezaron a llamar a aquel lugar «casa» cuando acabaron las bóvedas del sótano, pero solo se convirtió en una casa de verdad cuando coronaron el tejado. Porque una casa empieza a serlo cuando sus paredes encierran en sí un trozo de espacio, y ese espacio cerrado constituye el alma de la casa.
Y los personajes quizá sean una excusa para mostrarnos su fragilidad. Su inminente quiebre.
Arrimó la silla a la ventana y empezó a beber el café a pequeños sorbos. En aquel momento en la mente de Misia el mundo explotó y sus menudos fragmentos se esparcieron a su alrededor. Su cuerpo se fue escurriendo hasta el suelo, hasta quedar bajo la mesa. El café derramado goteaba sobre su mano. Misia no podía moverse y, como un animal atrapado en un cepo, esperaba a que alguien viniera y la liberara.
Se preguntaban qué aspecto tendrían sus pensamientos. ¿Estaban tan rotos o desgarrados como sus palabras? ¿Guardaban toda su frescura y su fuerza, ocultos en el fondo de su mente? ¿Se transformaban en imágenes puras, llenas de color y de profundidad? También cabía la posibilidad de que Misia hubiera dejado de pensar. Eso significaría que la concha no era hermética; y que Misia, todavía viva, se debatía en el caos y la destrucción.
