Cuando acaba un día que ha sido largo, hace falta un momento de silencio. Un momento para extender la mano rígida en dirección al débil calor que emana del silencio, como hacemos ante la estufa sin darnos cuenta.

Una enumeración de elementos diversos pero en relación. El común denominador es el color blanco.

Podría parecer una secuencia curiosa, superficial, pero nada más lejos. La autora bucea en su interioridad y en la de esos elementos buscando ese silencio, ese calor… que procede de la ausencia de su hermana, a la que no conoció.

Algunos objetos se ven blancos en la oscuridad.

Cuando una luz tenue se filtra en la oscuridad, hasta las cosas que no son blancas emiten una luminosidad pálida.

Cuando apagaba las luces y me acostaba en un rincón del salón después de extender el sofá cama, me quedaba percibiendo el paso del tiempo envuelta en la pálida luminosidad en lugar de tratar de dormir. Me quedaba contemplando las sombras de los árboles agitándose sobre la pared encalada.

La muerte viste de blanco en los países orientales. El silencio y la reflexión adoptan igualmente ese color. La dureza se presenta implacable… y «blancamente» tierna, clara.

De modo que, si tú estuvieras viva, yo no debería estar ahora viviendo.

Si yo estoy viviendo ahora, tú no deberías estar viva.

Solo entre la oscuridad y la luz, solo en ese resquicio azulado nos miramos las caras tú y yo.

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