Ojalá existiera en la mente el extremo de un hilo del que tirar. Así, poco a poco y con cuidado, iría saliendo el torbellino de palabras e imágenes que se atropellan entre ellas.

Muchas son las que se agolpan en la mía en estos días: rápido, huida, momentos, serenidad, dolor, sonrisas, mirada, muerte, frustración, proyectos, vacío, vida, pasado, reacciones, duda, decisiones, lágrimas, desgarro, cariño, superación, aceptación… Y, sobre todo, tantos «últimos» y otras «primeras» (gestos, instantes, hechos, palabras, preguntas, abrazos…).

Hace un par de entradas hablé del drama. De la vida como drama que es; valle de lágrimas, destierro. Últimamente, por muchos motivos, me viene a la cabeza la imagen del arcoiris: líneas y colores que unen cielo y tierra, que surgen entre el gris de la lluvia y la claridad del sol.

Regalo de arriba para los de abajo. Quién diría que la última foto que me haría ella sería a un arcoiris simplemente porque me hacía ilusión tenerla, pero iba conduciendo y no la podía hacer.

La vida es arte porque es drama. El arte es vida porque contiene lo esencial: amor y muerte. Y el arte es verdadero arte si empuja aún más a la vida con lo que conlleva: todo aquel cúmulo de conceptos desordenados.

«Lo más importante de la vida es la muerte». Hace escasos días escuché esta frase. Puede sonar a negativo o a tema tabú, pero es lo que más importa porque es lo que ayuda a dar sentido a la vida, compuesto de tantos «día a día».

Vivir cada día con la conciencia de que llegará el último en algún momento: el de otros o el de uno mismo. Vivir cada día mirando a los ojos a la propia vida hasta que venga la muerte, y entonces continuará esa mirada de frente. Es una manera de vivir que tiene mucho de arte.

Los auténticos artistas son los que logran vivir así y morir como han vivido. Son los que se enfrentan a las circunstancias y límites, no con pataletas ni con resignación sino aceptando aunque duela, aunque conlleve cambiar algo. Son los que saben encontrar amor y darlo a pesar de los caminos escarpados y oscuros.

Los artistas de verdad, cuando llegan a su meta, se transforman en esas líneas y colores porque han logrado fundir la vida, la realidad, con lo que hay más allá de ella.

Por eso se «inventó» el arte hace tantos y tantos siglos: para que recordemos para qué estamos aquí y el sentido que tiene vivir en este destierro temporal. Para que dialoguemos con nosotros mismos, con la vida y con la muerte. Y encontremos lo que sostiene a ambas: la primera letra.

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