El otro día estaba paseando con el sol de frente por un camino de montaña (uno de tantos que me rodean desde que atravieso el umbral de la puerta). Y unas palabras golpearon mi mente repentinamente: dolor, última forma de amor. No las leía desde mis años de carrera y sabía que no lo recordaba literalmente.
No quiero que te vayas
dolor, última forma
de amar. Me estoy sintiendo
vivir cuando me dueles
no en ti, ni aquí, más lejos:
en la tierra, en el año
de donde vienes tú,
en el amor con ella
y todo lo que fue.
En esa realidad
hundida que se niega
a sí misma y se empeña
en que nunca ha existido,
que sólo fue un pretexto
mío para vivir.
Si tú no me quedaras,
dolor, irrefutable,
yo me lo creería;
pero me quedas tú.
Tu verdad me asegura
que nada fue mentira.
Y mientras yo te sienta,
tú me serás, dolor,
la prueba de otra vida
en que no me dolías.
La gran prueba, a lo lejos,
de que existió, que existe,
de que me quiso, sí,
de que aún la estoy queriendo.
Pedro Salinas.
Me ha venido bien releer estos versos para redescubrir una vez más el sentido que esconde el dolor. No puedo entender el sufrimiento por sí solo, como simple ausencia de algo o su negación. No sé si alguien lo entiende así, pero a mí me cuesta.
No estoy hecha para sufrir. Y menos aún, sin un sentido. Pero sí estoy hecha para desear, para querer, para ser feliz. No puedo negar los desgarros que siento a veces por nimiedades (ese paseo por el monte que se acaba, el rato de disfrute con gente que tiene su fin, la contemplación de algo grande que me supera). Esto me habla de deseos (también de miedos) que buscan una permanencia, algo más allá que perdure en el tiempo (o que exista sin tiempo, en un constante presente). Quiero pensar que son formas de entrenamiento para los desgarros de verdad, los que van en serio.
Y cuanto más en serio, más amor hay entre medias. Cuanto más profundo es lo que se desprende, es que más arraigado estaba, más raíces tenía. Por eso duele. Y el dolor es un recordatorio de lo que fue y lo vuelve a encarnar en un «lo que es»: última forma de amar. En presente.
Ahora entiendo un poco más la necesidad de algunas personas de aferrarse a ese dolor: sí, arde, destroza nuestras manos, pero se vuelve dependiente por no olvidarlo o por no ser capaz de seguir caminando.
Yo no quiero olvidar ni ignorar, y tampoco quiero dejar de andar: quiero seguir avanzando mirando de frente y a los lados, quiero seguir bebiendo de ese amor que late y que me mueve a construir mi existencia de más allá.
No quiero que se vaya el dolor, no quiero apagarlo con otros ruidos. Quiero escuchar lo que me tenga que decir. Quisiera aprender su forma de querer.
Una vez más se trata de un equilibrio y de una elección. Elegir lo no elegible, lo que sucede a pesar de mí, lo que no entiendo… Porque, al fin y al cabo, se trata de mi verdad. Y si miro hacia otro lugar, quizá me ancle en un pasado o en un sueño irreal.
Y esto me recuerda un poema que escribí hace 10 años más o menos, cuando la ignorancia me hacía ser atrevida. Y es que hay sueños irreales y hay sueños de verdad. Yo elijo éstos que son los que me hacen vivir los desgarros sin perder amor, y espero que tampoco felicidad, aunque suene a frase bonita.
Sueño.
Sí. Sueño.
Aquel día en que miraré
el todo y nada.
Veré lo visto, lo soñado,
nunca alcanzado.
Miraré lo que veo y vi.
No habrá ayer ni hoy...
porque soñaré tu sueño.
Sí. Te soñaré.
Veré los ojos que me han mirado,
ojos entonces cautivos
pero que sueñan mi conquista.
Mirada que atravesará
desde un ayer hasta mañana. ..
Adverbios desaparecidos
en el instante de tu sueño.
Soñabas mi sueño,
y yo sueño que te soñaré.
Sí. Porque me sueñas.

Las lecciones de la vida, cuando se llegan las prácticas y pensamos que nos sabemos la teoría…
Te diré con aquel poeta que tanto nos gusta :
» Que lindo maestro es la vida
que te repite el examen hasta que por fin lo apruebes
y si no es en esta vida
lo haremos en la siguiente
donde yo seré un alumno más, eternamente
ahora que sé dónde el amor mora
en el presente, en el ahora»
Me gustaLe gusta a 1 persona