Como están nuestras almas siempre en continuo movimiento, y no pueden parar ni sosegar sino en su centro, que es Dios, para quien fueron criadas, no es maravilla que nuestros pensamientos se muden: que éste se tome, aquél se deje, uno se prosiga y otro se olvide, y el que más cerca anduviere de su sosiego, ése será el mejor, cuando no se mezcle con error de sentimiento.
Obra póstuma. Probablemente, una forma de testamento literario y, quizá, vital. Su vida se va apagando y continúa escribiendo con fuerza y pasión, las que siempre le han acompañado en su escritura.
Su visión moderna se atreve a retomar y a entremezclar distintos géneros y estilos: novela bizantina, neoclásica, algo caballeresca, de aventuras, con alegorías… La intención era recuperar el estilo avalado por la literatura clásica renacentista. Y, una vez más, suelta pinceladas de pensamientos procedentes del sentido común con una intención de enseñar.
-Mira, hija Transila -dijo Mauricio-, que las condiciones de amor son tan diferentes como injustas, y sus leyes tan muchas como variables; procura ser tan discreta que no apures los pensamientos ajenos, ni quieras saber más de nadie de aquello que quisiere decirte: la curiosidad en los negocios propios se puede utilizar y atildar; pero en los ajenos, que no nos importa, ni por pensamiento.
Persiles y Sigismunda realizan una peregrinación a Roma ocultando sus auténticos nombres y se hacen pasar por Periandro y Auristela. Adopta la tradición griega a una visión cristiana y refleja la similitud entre ese viaje de los enamorados con sus sucesivas aventuras y desventuras con la propia vida y su búsqueda de la meta.
Cervantes hizo numerosas tentativas de escribir en verso con poco éxito. Y, con esta obra, pretendió superarse y que fuera su mejor escrito. No se opina igual, pero seguimos viviendo de su persistencia en la literatura (aunque pobre siempre) y su ingenio y genio.
En esto iban las naves con un mismo viento por diferentes caminos, que éste es uno de los que parecen misterios en el arte de la navegación; iban rompiendo, como digo, no claros cristales, sino azules; mostrábase el mar colchado, porque el viento, tratándole con respeto, no se atrevía a tocarle a más de la superficie, y la nave suavemente le besaba los labios y se dejaba resbalar por él con tanta ligereza, que apenas parecía que le tocaba.
