Estaba tan fastidiado como yo de que nos echaran. Me quedé allí sentado un momento, sintiendo una especie de dolor físico en el que los celos y mi orgullo herido se combinaban con una profunda sensación de desamparo.
Jake es un escritor, quizá algo idealista y bohemio y con cierto rechazo al trabajo, al esfuerzo continuado. Sueña con vivir un día de lo que escriba, pero no le resulta fácil abrirse camino… Por lo que se gana la vida traduciendo a otros autores. Es un intelectual, y por ahí asoma la ironía de la autora.
Como es filósofo, se ocupa profesionalmente del nudo central del ser (aunque a él no le gustaría nada saber que yo utilizo tales términos), y no de esos cabos sueltos con los que la mayor parte de nosotros tenemos que entretenernos.
Vive con Magda, su novia, hasta que ella decide irse con otro hombre , un corredor de apuestas, y echarle de su casa. Tiene que solucionar esta cuestión pronto. Pide ayuda a su amigo Dave, acude a Anna Quentin de la que estuvo enamorado unos años atrás…
En este punto empiezan sus correrías, idas y venidas: es recibido en casa de la hermana de Anna, Sadie; al poco tiempo se escapa pues en realidad Sadie lo encierra para «espantar» a un pretendiente insistente.
Descubre quién es ese supuesto amante: su antiguo amigo Hugo, con el que mantuvo innumerables conversaciones filosóficas que transcribió en un libro.
A la par, se siguen sucediendo hechos surrealistas: el rapto de un perro-actor, una pelea en un mitin político entre decorados de la antigua Grecia…
Tenía los pies como si hubieran sufrido siglos de agotamiento y mi cuerpo se había convertido en un conjunto de dolores que volvía invisible el mundo exterior.
Murdoch es mordaz, sarcástica y filosófica, y así queda reflejado el lenguaje que emplea, las tramas, el desasosiego existencial de Jake y de otros personajes…
Una vez más, algo se me había escapado entre los dedos. Pero está vez sabía de sobra lo que era. Dinero. El corazón de la realidad. El rechazo de la realidad es el único crimen. Era un soñador, un criminal. Me retorcí las manos.
Así vivimos; un espíritu que cavila y vacila por encima de la muerte continua del tiempo, el sentido perdido, el momento no recuperado, el rostro no recordado, hasta el golpe final que termina con todos nuestros momentos y zambulle ese espíritu en el vacío del que procede.
De manera sutil encontraremos lo que se esconde bajo la red…
