Fue un comentario sin más. Incluso podía sonar superfluo, pero a veces las cosas más «tontas» pueden llevarnos a lugares insospechados.
-¿Alguna vez habéis pensado en cómo se puede deshuesar cada aceituna y luego volver a colocar «la tapita»?
Solté la pregunta como si fuera a pronunciar un discurso solemne o una cuestión acerca del origen del universo. La tenía agarrada entre mis dedos pulgar e índice haciendo pinza, y la giraba. Enseguida noté las miradas clavadas con alguna ceja levantada (y labios que se curvaban para recibir la carcajada que sobrevenía).
-¿Por qué molestarse en poner «la tapita»?
En fin, entiendo que se trata de un pensamiento un poco sui generis, pero a la vez deseo que siempre me surjan este tipo de preguntas. ¿Por qué? No, mejor, ¿para qué? Para no dejar de asombrarme.
Me asombro de cualquier cosa cuando miro, cuando escucho, cuando huelo, cuando toco… Asombrarse significa ‘introducirse en la sombra’, es decir, en el misterio. El punto de partida es una pregunta y, me voy a adelantar, la meta es sostener esa pregunta más que la respuesta en sí.
El otro día una amiga me comentó que llamó a su hermana para preguntarle cuánto tiempo era necesario para hacer huevos duros. Ha decidido que prefiere un contacto humano antes que la IA responda en dos segundos.
La pregunta me posiciona en el mundo: me maravilla algo que desconozco o que me supera, y mi sitio está dentro de una sombra esperando y reconociendo que soy poca cosa.
Sí, soy poca cosa al lado de una simple aceituna. Prefiero pensar así antes que desde un lugar de superioridad o indiferencia porque así se me abren las puertas del entusiasmo y de disfrutar de pequeñas cosas (luego vienen las grandes).
Un día de lluvia es el momento perfecto para un paseo en el bosque. Siempre lo he pensado, los bosques de Maine nunca parecen tan frescos y llenos de vida como en tiempo lluvioso. Entonces todas las acículas del bosque se visten de una funda de plata, los helechos parecen que han crecido con una exuberancia tropical y cada hoja tiene en su borde una gota de cristal. Hongos de colores extraños —amarillo-mostaza y melocotón y escarlata— comienzan a brotar del humus y todos los líquenes y los musgos cobran vida con una frescura verde y plateada.
El sentido del asombro, Rachel Carson.
Cuando mis sentidos se van despertando, captan distintas sensaciones cada vez más. Noto que los colores se avivan a mi alrededor, o que los avejarucos «suenan» distinto que los herrerillos y los petirrojos. Y entonces no sólo me recoloco yo, sino mi historia, mis preocupaciones, mis agobios…
Todo esto se convierte en terreno abonado para la curiositas, el deseo de conocer y de saber, de aprender… Pero sin prisas, sin deseos consumistas de información, manteniendo la pregunta: esto hace que la mente y la sensibilidad trabajen, creen conexiones, posibles respuestas según lo ya conocido y nuevas hipótesis, etc.
Una manera de abrir tus ojos a la belleza inapreciada es preguntarte a ti mismo: «¿Qué pasaría si nunca lo hubiera visto?» «¿Qué pasaría si supiera que no lo veré nunca otra vez?»
El sentido del asombro, Rachel Carson.
Y la realidad es que posiblemente no lo vuelva a ver como en ese instante preciso. La próxima vez será diferente. Aunque a veces, muchas en verdad, me parecen momentos idénticos y me da lo mismo. Porque aún no tengo bien afinados los sentidos, la paciencia… y la humildad.
Si podemos ver algo más veces, en cualquier día o noche o lugar, quizá no tenga la urgencia de «mirarlo» ahora. Y algo así nos pasa con las personas: pensamos que siempre están ahí, hasta que dejan de estarlo.
Carson nos aconseja mirar despacio, prestando atención a las partes, no al todo.
He descubierto una pequeña lección gracias a una aceituna y su «tapita»: todo lo que merece la pena supone una pérdida de tiempo.
Acojo la propuesta del asombro. En realidad la que sale ganando soy yo.
