Antes del fin, de Ernesto Sabato

 

Tenemos ante nuestros ojos la historia de una vida decadente, de un ánimo frustrado por las circunstancias, de un hombre agotado por sus luchas al parecer vanas.

Un genio científico, físico, que dejó a un lado su éxito profesional para dedicarse a las artes: pintura y escritura. ¿Qué encuentra tras ellas? La mejor expresión del dolor, la angustia, la desesperación… Incluso, queda desencantado por su ideología comunista.

Acompañamos muy de cerca el paso por la vida del propio autor, convencido hasta la médula de lo desastroso y engañoso que es el mundo. No obstante, deja un resquicio de esperanza al lanzar la batuta de un posible cambio a la juventud. Sin embargo, tras haber palpado todo su pesimismo anterior, da la impresión de que lo afirma por “deber” o compromiso, pero que realmente no opina así.

Aparecen frases por las que asoma la grandeza de su mente, como por ejemplo:

“Las lecturas me han acompañado hasta el día de hoy, transformando mi vida gracias a esas verdades que sólo el gran arte puede atesorar”. Pero esta grandeza se ve empañada continuamente por un ingente pesimismo que nos hace pensar que roza lo patológico: “… sólo el arte puede expresar la angustia y la desesperación del hombre”; “… en estos tiempos en que se ha perdido el valor de la palabra, también el arte se ha prostituido, y la escritura se ha reducido a un acto similar al de imprimir papel moneda”.

Como él mismo escribe, “puedo afirmar que pertenezco a esa clase de hombres que se han formado en sus tropiezos con la vida”; pero su vista parece que no se levanta de los tropiezos, que no es capaz de ver otra cosa…

De este modo, se puede comprobar que domina el lenguaje hasta el punto de escoger las palabras precisas para explicar la evolución de su pensamiento, que no se puede desvincular de sus experiencias y las circunstancias que lo rodean. Como decía Ortega y Gasset, “yo soy yo y mis circunstancias”: tras este pesimismo atroz, se esconde un hombre que ha tratado de sobrevivir de alguna manera. Queda patente su visión existencialista de la vida.

Este mismo lenguaje provoca que el lector pueda “tocar” dicha angustia, y compartirla con él y establecer una relación de empatía, o, por el contrario, ayudarle a reaccionar a aceptar la realidad en que vive, buscando “formarse en los tropiezos” pero sin dejarse derrumbar por ellos. Ahí entra la libertad, que es la que tiene la última palabra, no la visión del mundo.

Ha sido galardonado con el Premio de Miguel de Cervantes (1984). La corriente surrealista tuvo una fuerte atracción sobre él, decisivo para abandonar la física.

 

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