Ya nos queda poco en este recorrido de los retos y riesgos que comporta la lectura…
El quinto riesgo supone un avance cada vez más íntimo e incómodo: el de la libertad. ¿Qué sucede cuando voy leyendo con todo lo ya dicho de conocerme, conocer otros caracteres y situaciones, empatía y perspectiva, aprender a nombrar y hacer el pensamiento complejo?
Las palabras son las alas de la mente. La gran consecuencia es que voy adquiriendo un pensamiento propio y puedo tener convicciones porque me enfrento a valores, situaciones y reacciones que superan el marco espacio-temporal: ahí reside el poder de la literatura universal, que no importan los años transcurridos o los lugares diferentes al mío, porque nos identificamos, nos golpea, nos hace pensar…
Volvamos a Helen Keller:
El conocimiento es poder, dicen; yo diría más bien que el conocimiento es felicidad, porque poseer conocimientos amplios y profundos es distinguir los fines verdaderos de los falsos, las cosas nobles de las bajas. Conocer las ideas y los hechos que marcan el progreso de la Humanidad es sentir las pulsaciones del alma humana a través de los siglos.
Historia de mi vida, de H. Keller.
Una idea para comprobar que realmente supone un riesgo: el empeño de algunas ideologías totalitarias por retirar las asignaturas humanísticas, por ofrecer alternativas a los libros o teatros, por quemar libros, por prohibir la cultura… (lo hemos visto con el nazismo, en China, en la URSS, con el comunismo en sus distintas formas).
Dos libros que reflejan este hecho en un modo ficción: 1984, de G. Orwell (se lee que la guerra es la paz, mientras que la libertad es la esclavitud. Algo no cuadra. Y es que el mero hecho de pensar en un desacuerdo, o reflejar una mueca de desconcierto antes las infinitas telepantallas omnipresentes, le puede costar caro al protagonista. Lo que ha de hacer es fingir y ocultar cualquier atisbo de autonomía en la mente. Incluso se está elaborando una lengua, la neolengua, con las mínimas palabras indispensables: un modo de impedir que los ciudadanos reflexionen ante la carencia de palabras, vehículo de expresión; una manera de tenerlos controlados), y Fahrenheit 451, de R. Bradbury (muy sugerente el subtítulo: “la temperatura a la que el papel de los libros se inflama y arde”. Los libros son fuente de conocimiento, raíz de todo pensamiento, resistencia para ideologías que buscan neutralizar al ser humano. Si desaparecen, se logra ocultar cualquier vestigio de autonomía, libertad… Es decir, de cualquier crecimiento y desarrollo personal y social. Las personas se transforman en cosas, en simples mecanismos eficientes, provocando una reducción temible de su potencial).
Las siguientes citas pueden provocar removernos en el asiento. Quizá por tenerlas cerca…
No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee, que no aprende, que no sabe.
(…) Dale a la gente concursos que puedan ganar recordando la letra de las canciones más populares, o los nombres de las capitales de Estado. Atibórralos de datos no combustibles, lánzales encima tantos ‘hechos’ que se sientan abrumados. Entonces tendrán la sensación de que piensan, tendrán la impresión de que se mueven sin moverse. Y serán felices. No les des Filosofía o Sociología para que empiecen a atar cabos.
Fahrenheit 451, de R. Bradbury.
Nos encontramos en una sociedad que «ama» y defiende con fervorosa pasión la diversidad, la multiculturalidad, la variedad de pensamientos, ideas y caracteres. No sé qué pensaréis, pero pienso que precisamente es lo contrario…
Entramos en crisis cuando encontramos a alguien que nos sacude nuestros esquemas, nos cuestiona nuestros criterios y argumentos… Y sólo buscamos gente similar para no sufrir esos temblores.
Y en esa duda podemos encontrar la libertad. La libertad de decir sí o no a unas ideas tras conocerlas y reflexionarlas. Encontramos riqueza, amplitud de miras, un horizonte que aumenta.
Los libros provocan estas mismas sacudidas. Pero leídos con espíritu crítico, que no quiere decir criticar por criticar, ni aceptar sin pensar lo que recibimos.
Por el contrario, es buscar el contexto, las posibles razones del autor, comparar y contrastar… En definitiva, tratar de leer el sustrato de las palabras escritas y encontrarse con otra mente.
Mente que, posiblemente, luego volvamos a ver durante el día a día.
