Veinte millones de rusos murieron en la guerra, pero otros veinte millones afrontan la posguerra sin un techo. La mayoría de los niños no tienen padre, la mayoría de los hombres todavía vivos están lisiados. En cada esquina de la calle te cruzas con hombres mancos o sólo con una o ninguna pierna. Por todas partes se ven también bandas de niños abandonados a su suerte, huérfanos de padres muertos en la guerra o de enemigos del pueblo, niños hambrientos, niños ladrones, asesinos, niños que retornan al estado salvaje, que se desplazan en hordas peligrosas y para los cuales se ha establecido en los doce años la edad de responsabilidad penal, es decir, la pena de muerte.

De ese entorno surgió Eduard, un hombre que se ha ido forjando a sí mismo hasta convertirse en un personaje desconcertante, descarnado, casi salvaje. No tiene parámetros morales, únicamente objetivos que no importa si rozan el delito, o incluso el crimen.

Él pretende apuntar alto, superar a algunos contemporáneos compatriotas y denunciar la nueva dirección que está tomando Rusia.

Ha descubierto también que en un poema no vale la pena hablar del «cielo azul» porque todo el mundo sabe que es azul, pero que los hallazgos del estilo «azul como una naranja» son casi peores, debido a que han circulado por todas partes. Para asombrar, que es su objetivo, apuesta más por el prosaísmo que por el preciosismo: nada de palabras raras ni de metáforas, sino llamar gato a un gato, y si hablas de personas que conoces mencionar su nombre y su dirección. Así se forja un estilo que no le convierte, a su juicio, en un gran poeta, pero sí al menos en un poeta identificable.

Escribe versos en un estilo que refleja su forma de ser, su forma de relacionarse con los demás. Quieres destacar, quieres ser conocido pero no por dinero, aunque no le vendría nada mal, especialmente cuando le exilian por sus ideas disidentes a EEUU.

A nosotros, que vamos, venimos y tomamos aviones a nuestro antojo, nos cuesta comprender que la palabra emigrar, para un ciudadano soviético, significaba un viaje sin retorno. Nos cuesta comprender estas palabras tan simples como un hachazo: para siempre. Y no hablo aquí de los tránsfugas, de artistas como Nureyev y Barýshnikov, que aprovecharon una gira por el extranjero para pedir asilo político: de aquellos de los que en Occidente se decía que habían «elegido la libertad» y a los que Pravda calificaba de «traidores a la patria». Hablo de la gente que emigraba de forma totalmente legal. En los años setenta era posible emigrar, aunque difícil, pero el que solicitaba el pasaporte sabía que, si se lo daban, nunca podría volver. Ni si-quiera de visita, ni siquiera para una estancia corta, ni siquiera para abrazar a su madre moribunda. Lo cual te hacía reflexionar, y por eso muy pocos querían partir, y sin duda el poder lo tenía previsto cuando abrió esa válvula de escape.

Se considera un hombre fiel a su mujer, y fiel en general, pero la realidad es bien distinta, y queda destapada, cuando Elena lo abandona. Se desatan sus deseos e intentos por desfogarse, como si experimentara. Sin embargo, mantendrá con cierta ingenuidad ese pensamiento de fidelidad.

Se está volviendo algo despiadado a la par que tiene un sufrimiento profundo: le duele Rusia.

En Francia, conoce a editores que se interesan por sus escritos y empieza a ser publicado. Hay dos bandos precedidos por la reacción que provoca en ellos: la repulsión, o la admiración. No hay término medio. No obstante, parece que llega a su fin…

Su cotización está en su punto más bajo, sus editores habituales no se ponen al teléfono. No importa: ya no se ve como un hombre de letras, sino como un guerrero y un revolucionario profesional, y no le desagrada en absoluto ser objeto de oprobio en ese medio de pequeñoburgueses pusilánimes.

Se ha convertido en un guerrero en Serbia, en Sarajevo… Prueba las distintas cárceles donde deja tanto a presos como a oficiales admirados de su constancia por mantenerse por encima de las duras circunstancias. Funda el Partido Nacional Bolchevique, se enfrenta a Putin…

No hay quien logré callarle la boca. ¿O sí?

El autor dialoga con él, lo investiga, lee su obra y acerca de él, realiza comentarios a modo de glosas… Nos muestra la complejidad de un hombre herido por el sovietismo… y quizá loco.

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