Llevo tiempo pensando en las respuestas que me suelen dar cuando pregunto «¿Cómo estás?», o «¿Qué tal todo?». Las palabras que suelen seguir son una sucesión de hechos algo atropellada: «pues acabo de salir del trabajo, y voy a recoger a X para luego ir a la compra y ya por fin llegar a casa, aunque tenemos cena con… y la tengo sin preparar».
Quizá sea porque ya no «escuchamos» esa pregunta, o no la decimos esperando la contestación auténtica que requiere. En ocasiones, la suelo repetir: «pero, entonces, ¿cómo estás?». Y a veces se reincide: «lo que te digo, muy jaleada». Ya es algo, pero seguimos hablando de hechos y circunstancias, que influyen en mi estado, en lugar de mostrar cómo nos encontramos.
Esta realidad la he pensado en diversos momentos sin profundizar mucho. Y, ojo, quizá no guarde relación con lo siguiente pero me acerca a una posible explicación.
El lenguaje pierde por completo su aura en el momento en que se reduce a informaciones.
La memoria es una praxis narrativa que constantemente crea nuevos lazos entre los acontecimientos y urde una red de relaciones. El tsunami de información destruye la interioridad narrativa. La memoria que ha perdido su carácter narrativo se parece a la «trastería» (…). En ella, las cosas forman un montón desordenado y caótico. El amontonamiento es lo contrario a la narración. Los acontecimientos sólo se sintetizan en una historia cuando se apilan de una determinada manera. Un amontonamiento de datos o de información no tiene historia. No es narrativo, sino acumulativo.
He escuchado este audiolibro de Byung-Chul Han (La crisis de la narración) y, aunque hay ideas en las que no estoy del todo de acuerdo, me ha hecho percatarme de una posible causa de esta dificultad en mostrar cómo estoy realmente.
Es como si nuestra mente, incluso nuestra interioridad, se hubiera acostumbrado ya a pensar en nuestros estados de ánimo como una sucesión de fotos instantáneas que informan en qué estamos metidos. Esas imágenes en una montaña, en un bar o en una celebración junto con alguna frase que refleja la intensidad del instante, parecen ser las respuestas al «¿Qué tal estás?». Respuestas que aparecen sin que nadie en las redes formule esa pregunta realmente, sino que surgen como una vomitona de hechos externos.
¿Y qué sucede con esta información que estamos dando de nuestro día, nuestro verano…?
La información no dura más que el momento que nos cuesta enterarnos de ella: «La información pierde su valor en cuanto ha pasado el instante en el que ега nueva. Solo vive en ese instante. Tiene que darse sin reservas en ese instante, y revelarse en él sin tiempo que perder».
Una vez transcurridas las 24 horas, o descendido la publicación al subterráneo infinito del scroll, ha desaparecido. Muchas veces, posiblemente, sin dejar huella. ¿Estas fotos permiten recordar? ¿Invitan a narrar cómo ha sido nuestro verano?
No digo con esto que no haya que hacerlo, sino que deberíamos tener en cuenta de que se trata un canal de información, pero no de narración, que es algo esencial en el ser humano y en las relaciones.
Narrar es transmitir una historia, con sucesos, sí, pero sin cargarla de explicaciones o de enumeraciones. Conectar de vez en cuando con el subterráneo de nuestra interioridad, más infinito que una red social, y más complejo, y más rico. Y para eso, es necesario escuchar. Primero a nosotros mismos, y luego a cada uno de los que nos rodean.
Y la escucha comienza con una mirada. La pantalla capta una mirada y la aprisiona en sí misma en lugar de buscar reflejarla y que la pueda percibir otro.
El primer impulso puede consistir en volcar numerosos sucesos, y es así: «yo soy yo y mis circunstancias». Pero en ese escupir, ¿sé cómo soy, cómo reacciones, qué motivaciones me han movido…? Y al revés: ¿sé cómo es el otro?
Nos escenificamos a nosotros mismos, nos escuchamos a nosotros mismos, en lugar de olvidarnos de nosotros mismos y abandonarnos a la escucha.
En ese bosque digital de páginas que es internet ya no quedan nidos de las aves de ensueño. Los cazadores de información las han ahuyentado. Con la actual hiperactividad, que busca espantar el aburrimiento, nunca alcanzamos un estado de profunda relajación espiritual. La sociedad de la información está generando una época de alta tensión espiritual, ya que el aliciente de la sorpresa es la esencia de la información. El tsunami informativo se encarga de que nuestros órganos sensoriales estén permanentemente estimulados. Ya no son capaces de pasarse a un estado contemplativo. El tsunami informativo fragmenta la atención. Impide la demora contemplativa, que es constitutiva del narrar y de la escucha atenta.
Cuando alguien me mira y me pregunta cómo me encuentro, es una oportunidad para reflexionar sobre lo que me ha ocurrido. Y en esa rememoración, la narración impregna la información. Ya es un ejercicio de la conciencia que relacione, vincula ideas o hechos, profundiza en el alma… Que, además, me ayudará a tener esa misma mirada y escucha hacia otros.
Es la narración lo que eleva a la vida por encima de su mera facticidad, por encima de su desnudez. Narrar consiste en hacer que el transcurso del tiempo tenga sentido, consiste en darle al tiempo un comienzo y un final. Sin narración, la vida es meramente aditiva.
Es deleitoso percibir en forma narrativa. Todo compone un orden bien formado. Un «y» narrativo, nutrido de imaginación, enlaza cosas y acontecimientos que, en realidad, no tendrían nada que ver entre sí, e incluso naderías, futilidades o inanidades, componiendo con todo eso una narración con la que se supera la pura facticidad. El mundo aparece articulado rítmicamente. Las cosas y los acontecimientos ya no están aislados, sino que son las partes de una narración.
No se trata de dejar de contar lo que estamos haciendo o lo que ya se ha vivido, sino realmente de una composición, de elaborar un tejido que muestre lo que guardamos dentro. Se trata de cohesionar lo externo con lo interno, y al revés.
Y para esto hace falta tiempo, silencio, reposo, y después, una conversación auténtica. Y para esto necesito salir de la «obsesión» actual por la optimización, la mera facticidad y la causalidad.
Porque no nos suceden hechos aislados importantes. Lo que nos ocurre es la vida. Y esto es una cuestión «vital» como para tratarlo como una información sin cohesionar con algo más profundo.
