Desconcertante y grotesco. Sí, también gótico y sarcástico, y ciertamente inquietante.
Le costó mucho tiempo creerlos, porque quería creerlos. Todo lo que él quería era creerlos y deshacerse de su alma de una vez y para siempre, y vio aquí la posibilidad de hacerlo sin corromperse: verse reducido a nada en lugar de ser conducido al pecado. El ejército lo mandó a medio mundo de distancia y se olvidó de él.
Hazel Motes ha vuelto de la guerra y apenas conocemos sus pensamientos. Vemos los hechos y descubrimos un interior que se atormenta, que busca con ansiedad histriónica una paz que no encuentra a su alcance.
Fueron sus ojos los que le llamaron más la atención. Estaban tan profundamente engastados en las órbitas, que le parecieron casi como galerías que llevasen a alguna parte, y ella se inclinó sobre el espacio que separaba los dos asientos, tratando de ver dentro de aquellos ojos.
Así que, decide ser él mismo el que procure esa paz. Compra un coche, busca un lugar donde vivir y comienza a predicar.
Es hijo de un predicador, por lo que algo sabe de eso… Pero ha iniciado una iglesia nueva: la de la verdad, que destapa a Cristo como mentiroso. Su iglesia es la Iglesia sin Cristo.
-Ahora, amigos, os quiero dar algunas razones por las que vosotros podéis confiar en esta iglesia-dijo. En primer lugar, amigos, podéis estar seguros de que no hay nada extranjero en relación con ella. No tenéis que creer nada que no comprendáis y aprobéis. Si no lo comprendéis, no es verdad, y eso es todo. Aquí no hay trampas, amigos.
Haze se inclinó hacia delante.
-¡La blasfemia es el camino hacia la verdad -dijo, y no hay otro camino, tanto si lo comprendéis como si no!
Nos metemos en sus ojos para conocer lo que mira, lo que necesita, entre modos que reflejan la profecía, el misterio, la crítica y un mensaje… Y al fin, una lucha por lograr lo que no es capaz de hacer. ¿Libre albedrío? ¿Suma de voluntades? Más misterio aún…
Haze quedó inmóvil, durante unos minutos, mirando la escena. Su rostro parecía reflejar toda la distancia que había de una parte a la otra del claro, y más allá aún, toda la distancia que se extendía desde sus ojos hasta el descolorido gris del cielo, que, plano tras plano, se perdía en el espacio. Sus rodillas se doblaron y terminó sentándose en el borde del terraplén con los pies colgando fuera.
No podemos obviar cierta tristeza, un tinte amargo que surge de los personajes y de la historia (o quizá, de la no-historia). Sin embargo, O’Connor escribió su primera novela con un fondo humorístico. Tanto que por ello se trata de una novela muy seria: lo que plantea es cuestión de vida o muerte, aunque quizá para ti sea algo superfluo.
Simultáneamente podemos ver la imaginación y la soltura de palabras e imágenes al avanzar por las páginas.
La sombra de Haze estaba a veces detrás suyo, a veces delante, y luego quedaba rota por las sombras de otras personas, pero cuando estaba sola, estirándose detrás de Haze, era una sombra fina y nerviosa que andaba hacia atrás.
Y en numerosas ocasiones, con expresiones y modos de decir originales.
La multitud se movía rápidamente. Era como un mantel de gran tamaño que se hubiese deshecho y cuyos diferentes hilos fuesen desapareciendo en las calles oscuras.
E irónicas.
Era una mujer alta y huesuda, muy parecida a la escoba que sostenía vuelta al revés.
(…) Había dos hombres y una mujer con un niño de cara de gato desparramado sobre un hombro.
Quizá el título guarde relación con el propio sufrimiento de la autora y con ese matiz sutil de profecía y misterio.
