Mi sobrina pequeña ya va encaminada hacia los siete meses y todos pensamos que en breve arrancará a corretear, quizá saltándose el gateo (exageraciones aparte…).

Desde que nació, hemos comprobado su «exceso» de energía. En cuanto fue capaz, fijaba la mirada, nos perseguía a nosotros o a aquellos elementos que le llamaban la atención. Ahora repta con una fuerza que ya quisiéramos. Y todo porque una cosa le llama la atención.

Sí, como a cualquier bebé, pero es verdad que siempre sorprende volver a verlo de nuevo con esa intensidad.

El azul, lo brillante, el tacto gomoso, el suave crujido de una tela… y allá que se lanza sobrepasando la alfombra infantil hasta que logra apresarlo entre sus deditos o la boca. Los ojos no le bastan para conocer algo: necesita del tacto y de la lengua. ¿Será porque es el sentido más cercano al mundo de las palabras?

Mmm… Nunca lo había pensado así: un bebé descubre sabores, olores y texturas introduciéndolos en sí mismo como puede. Las palabras también. Proceden de fuera y las conduce a su cabeza poco a poco. Hasta que pueda hacerlo al revés, y entresacarlas de la mezcla que guardará dentro.

Perdón. Me he desviado.

Para un bebé nada le es ajeno. Todo lo que se encuentra a su alcance y le asombra, pretende conocerlo con todo su ser… Una manera de apropiarse de ello. De hecho, pronto dirá que todo es «¡mío!».

Así de «sencillo» comienza el modo de la humanidad de acercarse al mundo.

Sólo el estupor, la fascinación, provoca el conocimiento y su cuidado. Esto fue lo que a nosotros mismos nos sucedió, es el origen de nuestra dedicación y pasión. Y éste es el método a seguir para conservar la naturaleza. Lo demás es lo de menos. Carson nos recuerda que desligar conocimiento y afecto ante la maravilla de la Naturaleza no conduce a mucho.

Carson expone qué es lo esencial: estar atentos, saber ver, dejarse asombrar, preguntarse.

Tomado del prólogo de El sentido del asombro, Rachel Carson

Me sonrío al recordar mis cintas de VHS preferidas de la infancia: los lomos bien mordisqueados y las carátulas y las esquinas muy perjudicadas. ¿Dónde queda el afecto que lleva al cuidado?

En fin, como todo, hace falta un proceso de maduración (y de aprender a controlar la fuerza y la torpeza).

El asombro despunta cuando me he fijado en una parte, haciendo zoom en el todo. Esa pequeña cosa que compone algo más grande reclama para sí toda atención precisamente por eso, por ser una posible nimiedad. Y voy sumando partes, una tras otra, para no perder de vista la obra completa.

Y de ahí es más fácil dar el siguiente paso: el cuidado. No sólo por un deseo de conservarlo como está, sino para que siga seduciendo miradas.

Para que continúe enseñando la compasión, la fortaleza, la admiración, el respeto, el sentido.

Para que me comprometa en el camino de un futuro.

Para que me muestre cuál es mi lugar en el mundo.

Y para que me explique quién soy y quién puedo ser.

Bueno, me retracto de todo lo anterior… En realidad, para nada. Simplemente, porque existe.

¿Cuál es valor de conservar y fortalecer este sentido de sobrecogimiento y de asombro, este reconocer algo más allá de las fronteras de la existencia humana?, ¿es explorar la naturaleza sólo una manera agradable de pasar las horas doradas de la niñez o hay algo más profundo?

Yo estoy segura de que hay algo más profundo, algo que perdura y tiene significado. Aquellos que moran, tanto científicos como profanos, entre las bellezas y misterios de la tierra nunca están solos o hastiados de la vida. Cualquiera que sean las contrariedades o preocupaciones de sus vidas, sus pensamientos pueden encontrar el camino que lleve a la alegría interior y a un renovado entusiasmo por vivir. Aquellos que contemplan la belleza de la tierra encuentran reservas de fuerza que durarán hasta que la vida termine.

El sentido del asombro, Rachel Carson.

Deja un comentario