Hace unos días impartí una conferencia sobre La Odisea en una asociación cultural de Madrid en el marco de un ciclo de «Mitos, héroes y mortales». La «excusa» está clara: el estreno en verano de la película de Nolan.

La mía era la primera sesión desde el punto de vista de la literatura. ¿Por qué hablar de un texto del siglo VIII a.C.? ¿Qué tiene que hace que se siga poniendo de moda, dicho mal y pronto? ¿Aún tiene cosas que decirnos?

He disfrutado de la oportunidad que se me ha brindado de releer La Odisea, de volver a degustarlo ya con unos años más en la espalda y dejarme golpear por el lirismo de las frases escritas…

Así habló, y a Penélope se le quedaron sin alas las palabras.

Esas palabras aladas, ese «canoso mar» que aparece reiteradamente, o de qué manera tantos adjetivos que acompañan algunos nombres… me han facilitado el dejarme golpear de nuevo por un texto tan antiguo y que supuso un punto de inflexión en la época.

Un cierre de era y un inicio de otra: la tradición oral que se transforma en escritura, otro modo de perdurar y que fomenta el desarrollo de una cultura, de un pensamiento… Y es que es necesaria la escritura para tener conocimiento, para construir una memoria cultural.

Punto de inflexión que ha influido en Occidente. Somos esas raíces que cantaban los aedos hace siglos. Forman parte de nuestra historia. De mi identidad.

Odiseo fue un héroe que luchó por regresar a Ítaca, que resistió numerosas vicisitudes para terminar siendo reconocido en su hogar. Un viaje de vuelta, un viaje de identidad donde olvida, llora, manipula, piensa con audacia…

Se trata de un superviviente que sabe leer las situaciones y adaptarse a ellas. Es un héroe vulnerable que muestra la contradicción y complejidad que nos caracteriza.

Claro que aún tiene cosas que decirnos porque nos muestra cómo somos, quiénes somos. Si nos dejamos interpelar y cuestionar…

Y está claro el rasgo que nos pone delante de nuestros ojos: lo que nos define radicalmente es nuestra indigencia, nuestra dependencia de otros y del mundo para saber quiénes somos.

Somos seres necesitados que no queremos dejar de caminar.

Y una vez que habían arrojado de sí el deseo de comer y beber, volvieron su pensamiento al dormir y recibieron el don del sueño.

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