Han transcurrido ya varias semanas desde que fui con unas amigas a una representación teatral en La Adrada de Perigallo.
No había oído hablar de ellos y quedé subyugada ante la obra, ante los mismos actores y el entorno. Ha supuesto un cambio en mí. Salí con otra mirada y cierto calor en el pecho.
No era preciso nada más que cierta oscuridad, un reloj de arena, unas telas y postes para hacer una jaima y ellos.
Bueno, perdón, me faltan los elementos más importantes: las palabras que bailaban por toda la sala envolviendo a cada persona del público, y los silencios. Aquellas pausas en las que se percibía la respiración, los golpes a la interioridad… Si la mente y el corazón tuvieran paladar, se hubieran encontrado degustando cada sonido y cada ausencia de él.
La risa favorecía la digestión. Nos involucraba hasta haber podido exclamar: «¡Pero si es así como me pasa a mí también!»
Además intercalaban textos y versos de otros autores. Ideas y reflexiones de «cualquiera que pasaba por aquel desierto». Juegos de lenguaje con mucho ingenio.
Él afirma en un momento que puede ser otra persona en ocasiones. Puede tomar el ser de su padre, de su madre, de «ella», de otros… y sin dejar de ser él mismo. Ella quiere conseguir lo mismo. Incluso metiendo en ese juego de miradas, miradas hacia dentro también, a nosotros, el público. Ciertos olvidos se suceden…
Una idea sugerente me empezó a cosquillear la mente. Una intuición que no sé si guardará relación en la realidad.
«Contengo multitudes»… Ese canto a uno mismo de Whitman me empezó a sacudir en lo que estaba escuchando.
Me celebro y me canto a mí mismo.
Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,
porque lo que yo tengo lo tienes tú
y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también.
Vago… e invito a vagar a mi alma.
Vago y me tumbo a mi antojo sobre la tierra
par ver cómo crece la hierba del estío.
Mi lengua y cada molécula de mi sangre nacieron aquí,
de esta tierra y de estos vientos.
Me engendraron padres que nacieron aquí,
de padres que engendraron otros padres que nacieron aquí,
de padres hijos de esta tierra y de estos vientos también.
Tengo treinta y siete años. Mi salud es perfecta.
Y con mi aliento puro
comienzo a cantar hoy
y no terminaré mi canto hasta que me muera.
Que se callen ahora las escuelas y los credos.
Atrás. A su sitio.
Se cuál es mi misión y no lo olvidaré;
que nadie lo olvide.
Pero ahora yo ofrezco mi pecho lo mismo al bien que al mal,
dejo hablar a todos sin restricción,
y abro de par en par las puertas a la energía original de la naturaleza desenfrenada.
¿Están hablando de identidad? ¿De aprovechar el tiempo presente? ¿De aprender a mirar en uno mismo y hacia fuera?
Vi hace unos meses la película de La vida de Chuck. Otro «multitudes» dentro de uno mismo. Cada persona guarda un infinito y cuando muere, muere también su universo de recuerdos, de lazos y vínculos, de personas.
En la obra de teatro de Perigallo, Autorreverse, en la película basada en una novela de Stephen King, en los versos de Walt Whitman, alza la voz un hecho: soy única, soy irrepetible e infinita.
Y grita otra realidad: soy mucha gente si soy capaz de mirarla a los ojos, si me abro a su misma inmensidad y me inclino descalza en un canto de trascendencia.
Por eso, al morir, hay un fin del mundo en cierto modo. Y, por eso, al vivir cantamos. A la grandeza y al límite que yo soy y que tú eres.
Gracias, Perigallo.
XXVII
¿Qué significa existir en una forma?
Vamos girando todos sin cesar para volver otra vez desde la curva más distante.
Si no hubiese nada más desarrollado que una ostra en su cascarón de piedra, eso sería bastante.
Pero yo no tengo cascarón.
Poseo hilos conductores rapidísimos, ya esté quieto o en marcha.
tentáculos que se apoderan de todas las cosas y las llevan intactas a través de mi ser.
Cuando rozo, palpo o siento con mis dedos, soy feliz.
Y tocar otro cuerpo es algo que apenas puedo resistir.
