Escribo en voz baja como hablan las lilas en la noche cerrada, mientras entregan las últimas gotas de su sangre malva. Escribo como cuelgan las estrellas, ignorando a los que duermen en sus camas, a los poderosos con su whisky, a los muertos que suspiran. Escribo como se sueña.
(…) Si este libro tiene que ser el último, entonces tendrá que ser el más joven de todos los que he escrito.
(…) Pero mi mano mientras escribe se abotarga, porque se está mirando escribir. La mando a la cama y la sigo.
La poesía se funde en la prosa, o viceversa: un largo trayecto que inició Bobin hace años, y que ahora lo conduce, entre susurros, hacia sus últimos días.
Quizá un testamento. Tal vez una «última lección» de lo que ha sido su vida: mirar, contemplar, escuchar. Sin embargo, no es su intención, porque escribe con el último aliento como si fuera el primero. Porque lo necesita. Para abrir miradas y pulmones que se lancen a respirar con el sutil murmullo de unos estorninos, que nos rodean aunque no los veamos.
Escribo un libro de guerra. No para hacer muertos sino para hacer vivos.
(…) Gracias al insomnio de las madres que consuelan al niño devorado por los demonios de la noche, o a un barrendero que, aquí o allá, ayuda a una acera a respirar mejor -sí: gracias a ese tipo de servicios las tinieblas no han conseguido aún atrapar, definitivamente, a los humanos. Escribir es uno de esos servicios.
Su imaginación una vez más supera las barreras de la prosa, que debe ser precisa, casi científica, para dibujarla mejor con matices coloreados de poesía. Nada supone un freno para adentrarse en aquello que le asombra. Ni la enfermedad. No lo «excesivamente» lógico.
El silencio de la noche era tan puro que me he despertado para escucharlo.
Una mano es algo complejo, rico, está hecha de archivos de caricias, de gestos de despedida, de gramáticas sordomudas. Una buena mano es llegar sin esfuerzo a lo imposible. Una puerta se abre antes de que nuestra mano haya tocado la manilla, y nos ofrece esa vida que se nos entrega cuando estamos dispuestos a no tomar nada de ella.
Una manzana. Entro en ella. Las paredes están frescas, casi húmedas. Un pequeño rumor de fuente ácida, sus chorros de agua coloreados: verde azulado, sobre las baldosas naranjas. Una luz tamizada por todas partes. Me quedo… Es fácil, todo lo puede hacer uno mismo: construir peldaños, preparar un cuarto en el centro de la manzana, introducir algu-nos libros, soñar, escribir. La manzana descansa en un plato, el plato en la mesa, y la mesa navega en la noche estrellada. Oigo que alguien se acerca. Me temo lo peor…
Basta abrir las páginas para dejarse respirar por una mirada profunda y acostumbrada a «jugar» entre dos dimensiones, distintas, pero que se necesitan entre sí.
