Parece que te ocurre algo.
Que te está sucediendo cierta carencia, quizá, cierta necesidad que viene de lejos.
No tengo claro de qué. Ni siquiera sé si me estoy equivocando con esta idea, conclusión posiblemente precipitada.
Sin embargo, me parece que estás deseando.
Has cortado últimamente muchos hilos cerca de mí. No míos. De otros. Pero cerca.
Y al cortarlos, dejas más cuerpos desnudos. Almas en situaciones de precariedad. Tal vez como la tuya.
Antes de estos hilos, has partido uno que estaba muy cerca de mí. Tan cerca que componía una parte de la explicación de mí misma.
Y así me encuentro ahora. Un ahora que no es un instante, ni unos pocos días. Un ahora partido en hilvanes ya descosidos por ti, por el tiempo.
Un ahora que se extiende robando fragmentos de futuro. Un ahora que hace temblar porque el presente enfría demasiado.
Y te recuerdo que, como a tantos últimamente, me dejaste desnuda.
Me da la impresión de que estabas necesitando nuestras ropas y nuestros lazos.
Te manejas con tijeras. Hay gente que afirma que más bien vemos tus trazos, indelebles. Que no escribes a lápiz. Nada más lejos de ti, firme y consecuente.
Y es así. En verdad da lo mismo hablar de hilos y tijeras que de lápices y trazos. Y es que la realidad es que nos dejas desnudos. Y miro esa placa de granito macizo a los pies de un ciprés y veo un final. El final.
Pero también veo un inicio. El punto de partida.
Quedamos desnudos porque se van esos hilos que saben quiénes somos mejor que nadie. ¿Quién lo puede saber ahora desde esa ausencia?
Posiblemente nadie.
Por eso ese punto de llegada es un principio. El comienzo para aprender a vivir despojados, sin ropas, con un rasgo invisible y más esencial, identitario, que lo que nos adornaba.
Y por eso pienso que te ocurre algo.
Siempre has vivido indigente, vulnerable. Nadie que te arropara. Apenas unas pocas miradas sobre ti qué te dijeran: «sé quién eres, cómo eres».
Quieres que te imitemos, pero sin burlas ni deseos de hacer sufrir. Eres veraz. Eres necesidad y carencia. Y sólo ahí se puede descubrir que la indigencia es camino para saber quiénes somos realmente.
Porque quienes nos vistieron al nacer ya lo sabían al vernos. Veían, conocían nuestra desnudez. Nosotros no.
Y quizá por eso estás llamando a muchas de ellas, hilos firmes y seguros.
Quizá quieras tener por unos momentos una madre junto a ti.
