Me doy cuenta de que aquí – una vez que Anita te da la llave y se aleja caminando con sus botas de piel de oveja- sería posible pasarse toda la estancia sin ver ni oír a un alma. Se acepta, lo dice el folleto plastificado, que los huéspedes puedan querer una soledad total, y son libres de no unirse a los demás para comer o para el culto. Se debe evitar el ruido. Nadie tendría por qué saber, hasta el final de la estancia, que uno ha decidido poner fin a su vida aquí, sobre la limpia moqueta de una habitación caliente y silenciosa. En este momento no se me ocurre un acto de bondad más grande que ofrecer semejante privacidad a un desconocido.
Una mujer superada por la vida decide retirarse, hacerse a un lado. Cierta crisis existencial se ha ido fraguando en sus diferentes vivencias y experiencias.
Hechos pasados, quizá acallados en cierto sentido para poder sobrevivir. Pero al final hay un punto en que todo se levanta como un muro que endurece hasta la respiración.
La última vez que vi a la doctora parecía cansada de mí y de mis problemas. Me preguntó desde detrás de su escritorio, con un cierto tono de irritación: ¿Y qué quieres ahora?
Que esto no esté sucediendo, dije. Pude percibir la tristeza en mi voz.
La doctora me miró y esperó un momento. Parecía estar considerando la simple y brutal realidad. Bueno, pues está sucediendo, dijo.
Siempre le he estado agradecida.
En algunas ocasiones quizá algo descarnada, o excesivamente realista. En otras deja que sean los silencios, lo que calla en estas palabras escritas, los que nos permitan intuir por dónde puede ir su interior.
Importa lo que se dice y lo que se cuenta. Pero igualmente protagoniza una historia, y una vida, lo que no se dice.
Imagino por un momento que le pregunto a Simone si puedo ir a ver esa exposición, pero dejo que el pensamiento se desvanezca, como hago siempre, que desaparezca en el océano de mis deseos apremiantes y pasajeros, y lo olvido.
(…)
Ya estoy acostumbrada a esto, a la espera. A una comprensión fragmentaria, que se va dando sin prisa y que a veces deja sin contestar algunas preguntas.
Decide volver. ¿En qué estado? ¿Con qué fin? ¿Algún tipo de compromiso? No lo sabemos. Qué más da. Eso no importa. Lo que resulta relevante es mirar. Lo que sucede y lo que no sucede, dejándonos desconcertar y, quizá, inestabilizarnos. Es posible que nos identifiquemos. Tal vez no.
Yo no he escuchado nunca una palabra que exprese lo que sentía entonces y lo que mi cuerpo sabía: que tenía la necesidad -una necesidad animal- de encontrar un lugar en el que no hubiera estado nunca y que sin embargo fuera, de alguna innegable manera, mi hogar.
