Me hubiera encantado encontrarme esta diminuta puerta por la montaña en un paseo. No fui yo: fue mi tía la que me envió la foto. Un descubrimiento que, sin duda, te puede cambiar el tono del día.

Sin embargo, es de esas cosas tan pequeñas, tan escondidas, que sólo se ven si se va con los ojos abiertos. Si se camina despierto.

Despertar…

Hace un par de semanas hablaba con una amiga acerca de la atención y la necesidad actual de ella. Ella me decía que suele notar que la gente que más difunde y propaga esta idea es la que aparentemente vive más en Babia, sin prestar atención a las «cosillas» materiales del entorno.

La verdad es que no quiero ir por ahí. Pero en ese momento pensé en una realidad: la atención es un medio, un preludio, una puerta. ¿A dónde? A despertar.

Sí, quizá suene extraño. ¿Una puerta hacia un «despertamiento»? Pues sí. Necesito aprender a prestar atención (la expresión ya lo indica: un préstamo para conducir a otra cosa, no un fin) y así de verdad introducirme en la «sombra», en el misterio.

¿Te acuerdas de esta idea hace unas entradas? Esto sería el asombro. Misterio no en cuanto a mera oscuridad o enigma imposible de resolver. Misterio en cuanto a complejidad, contradicción, profundidad…

El misterio nos rodea. Lo respiramos. Lo vivimos. Lo «morimos» en ocasiones. Es la realidad, la materialidad de circunstancias que tenemos y que somos.

Y es que la atención por sí misma puede separarnos de ella. Hacer que nos concentremos tanto en una introspección que deje de ser reflexión.

Josep María Esquirol, filósofo de la proximidad, afirma que se trata de dos conceptos distintos. La introspección me dirige hacia mí misma. Al más puro ensimismamiento. En cambio, la reflexión consiste en doblar la rodilla hacia fuera, la vida (Humano más humano).

Por eso hablo de puertas, o de medios, como prefieras. Despertar para vivir.

Y para escuchar. Que es casi lo esencial para este recorrido. La introspección me encierra, me hace olvidarme de que la vida sigue con un ritmo y unas necesidades y de que yo he de aprender a bailar con ello.

Jon Fosse habla mucho de la escritura como escucha.

Escribir buena narrativa es escribir relatos sin narrador. El narrador es aquel que habla, no aquel que escucha. Y escribir es escuchar.

De nuevo otra puerta. Otra entrada de acceso hacia la que me dirigiré. Porque soy la misma persona: la que atiende, la que se asombra, la que escucha, la que vive. Y es que no lo puedo evitar: vivo con materialidad las ideas, los elementos más abstractos y lo que recibo.

No sé si se trata de un rasgo inculcado en mi familia, de mi carácter o de mi trabajo que me hace ser quien soy: tener entre manos lo más inmaterial y lo más material y fundirlos en una amalgama que me hace ilusionarme si me encuentro con una puertecita en un paseo anodino.

Es un camino para vivir en modo «abierto».

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