Mi nombre es Asher Lev, de Chiam Potok

 

Cada persona percibe la realidad de una manera. Asher, un niño judío, lo ve mediante colores, formas, líneas… Ha nacido con un don artístico: la pintura. Es un genio, pero se tropieza continuamente con su padre y lo que él representa: una vivencia profundamente observante del judaísmo (los Hasidi Ladover), tienen prohibido representar imágenes, y su padre, además, lo condena por pérdida de tiempo, inutilidad frívola.

No lo puede evitar. No entiende tampoco por qué no puede realizar lo que le ha sido dado. Cosa inusitada, es convocado por el rabino. Conversaciones parcas, desconcertantes, y que, simultáneamente, no dejan a un lado el don de Asher.

Potok transmite de forma magistral y ahondando en la psicología humana, cómo un artista plasma su interioridad y lo que percibe, especialmente, el sufrimiento de su madre. No obstante, quizá esto le haga pasarse de la raya y que tenga lugar una decisión irrevocable sobre él… ¿de por vida?

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