Entre el ácido y el sulfuro, el nombre

Ácido sulfúrico es un libro que hace reflexionar. Una crítica ácida, como el título lo muestra. Su lectura no deja indiferente: se “huelen” las miserias y dolores, se intuye la dignidad y el robo de la identidad… Eres un personaje más al recorrer sus páginas… lo que te provoca rechazo y repugnancia, pero a la vez… quieres continuar. Quieres formar parte de esa crítica que escuece, rebelde… y sulfúrica.

No obstante, quería lanzar otro tipo de debate a raíz de este libro. La capacidad de nombrar las cosas, la capacidad del lenguaje de “encerrar” un concepto, una realidad… Antes de continuar, el fragmento:

Desde que se había nombrado a sí misma, Panonique había embellecido todavía más. Su estallido había acrecentado su esplendor. Además, uno es más hermoso cuando hay un término para designarlo, cuando posee una palabra sólo para él. El lenguaje es menos práctico que la estética. Si, al querer hablar de una rosa, no dispusiéramos de ningún vocablo, si cada vez tuviéramos que decir “la cosa que se despliega en primavera y que huele bien”, la cosa en cuestión sería mucho menos hermosa. Y cuando la palabra es una palabra lujosa, en este caso un nombre, su misión consiste en revelar la belleza.

¿Realmente existe una conexión entre un nombre propio y una persona? ¿Yo sería otra persona si en lugar de llamarme Elvira me hubiera llamado Sara? O, ¿sucede al revés? Cuando conocemos a una persona a la que queremos mucho, su nombre nos trae buenos recuerdos, y una buena disposición interior hacia ella. Y si ocurre lo contrario, nos gustaría no escuchar ese nombre. ¿No será que es la persona que “hace” su nombre?

Estas palabras también me hacen reflexionar acerca de otra posible realidad: la existencia de un nombre desconocido por nosotros y que nos muestra más nuestra belleza. Yo soy Elvira y me identifico con ese nombre plenamente, y yo le otorgo una pecularidad distinta a otra posible Elvira. Pero quizá… exista un nombre único e irrepetible para mí, que me identifica aún más que el nombre propio… y quizá, vaya “construyendo” ese nombre con mi vida, mis acciones, mi pensamiento, mi carácter, mis sentimientos…

Y quizá… lo descubra un día de estos.

2 Comentarios

  1. Nuestro nombre es la herencia de nuestros padres, nada más, algunos lo llenamos de un modo y algunos lo estiramos para darle nuevas dimensiones. Esa es mi visión del nombre, aunque creo que un nombre, una palabra necesita elasticidad para traspasar los límites de la dialéctica.

    Abrazo Elvira.

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  2. El comentario de “acido sulfurico” me ha gustado muchisimo. Quien no se ha hecho esa pregunta alguna vez? Quien llamo por primera vez mesa a una mesa. Si yo me llamara Rosa, como las rosas, seguiria siendo Mercedes o Rosa?.
    Pues si, son pensamientos sencillos y tontos pero por algo se empieza

    Le gusta a 1 persona

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