El murmullo de las abejas, de S. Segovia

Me puse en camino con la intención de volver a mi ciudad natal, a Linares. Cogí un taxi. Soy una persona ya anciana y quiero regresar… porque ahí, la muerte, es distinta al resto de lugares. Lo sé.

Y no lo pude evitar: fue sentarme en el asiento y el joven conductor me preguntó lugar de destino, y junto con la respuesta, comencé a hilar toda la historia: la historia de mi vida, de mi familia, de Simonopio y sus fieles abejas…

Sí, abejas. Desde que encontraron su cuerpecito abandonado, fue un protegido de ellas: nunca se separaban de él, lo cuidaban y lo guiaban montes a través… le susurraban ideas, contrastaba con ellas modos de ayudar a la familia que lo adoptó… Él apenas hablaba, pero yo conocía su lengua peculiar y lo entendía. Éramos uña y carne, y me dolía horrores cuando se apartaba de mí, o cuando empecé a ir a la escuela: prefería aprender de él…

Fue por él que mi padre dio un cambio innovador a los campos: dejó el maíz que tradicionalmente se cultiva en nuestras tierras, y fue a por naranjos. ¡Loco! Así lo llamaban… pero Simonopio estaba detrás de todo esto… y fue una victoria.

Somos los Morales Cortés, una familia de terratenientes, y sobrevivimos a la gripe española. No obstante, el mal acampó en nuestra casa… y Simonopio no llegó a tiempo de evitarlo… Pero llegó en el momento en que mi vida comenzaba a extinguirse, y sus abejas hicieron justicia…

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Elvira

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