Después de una pequeña interrupción, llegamos al tercer riesgo: quedarnos a solas con nosotros mismos. Abrimos las páginas de un libro y nos encontramos con cierta soledad. Una soledad externa que nos empuja con delicadeza hacia dentro.
Y se vincula un reto, de los más grandes que tenemos mientras vivamos porque no tiene fin: conocernos a nosotros mismos.
La historia de la literatura es la historia de mi vida, de nuestra vidas: no se trata de aprender vocabulario por pedantismo o por saber expresarnos mejor, sino para lograr expresar parte de nuestra esencia emocional y racional.
Me leo en los libros: ¡me reconozco!
Nos golpean entonces dos verdades dolorosas (una vez más, puede resultar incómodo):
“Lo que no se nombra, no existe” (Steiner).
“Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo” (Wittgenstein).
En ocasiones podemos decir: “No sé cómo estoy”: difícil poner solución (es como el llanto de los bebés: puede ser por hambre, sueño, molestias, miedo…).
En cambio, podemos descubrir el secreto propio a través de otra mente. Los niños pequeños empiezan a distinguir las rosas de las margaritas, los perros de los gatos… lo nebuloso, lo desconocido, lo indeciso, pasa a ser claro y concreto. Deja de haber flores o animales sin más.
El lenguaje es el modo de la persona para poseer la realidad, porque nos colocamos fuera de las cosas y tomamos conciencia de ellas: “La lengua no sirve solamente al hombre para expresar alguna cosa, sino también para expresarse a sí mismo” (Von der Gabelentz).
Cabría tener este debate: ¿Una imagen vale más que mil palabras?
Una gran pregunta para expresarnos a nosotros mismos es: ¿Quién eres? Y en ese diálogo, si somos capaces de poner palabras, vivimos una doble dimensión: mi intimidad y el mundo, cómo tomo conciencia de mí y la entrego.
Stenzel dijo: “Solo su mundo expresivo, confirmado en la comunidad con los demás, lleva al hombre a una verdadera certidumbre de su propio ser”. De esta manera, a medida que hablo acerca de quién soy, de cómo estoy o cómo me ha afectado el día y las circunstancias, voy tomando cada vez más certidumbre, seguridad, de mi propio ser. Sino, todo es incierto, inseguro… y no me siento capaz de mostrarme como soy porque, en realidad, no lo sé.
Lo que importa es que no se mienta a sí mismo. El que se miente a sí y escucha sus propias mentiras llega a no distinguir ninguna verdad ni en su fuero interno ni a su alrededor, pues deja de respetarse a sí mismo y de respetar a los otros. No respetando a nadie, ya no puede amar, y al no tener amor, para ocuparse en algo y entretenerse, se entrega a las bajas pasiones y a los placeres groseros, llega hasta la bestialidad en sus vicios, y, todo ello por mentir siempre a los demás y por mentirse a sí mismo.
El que se engaña, puede también sentirse ofendido antes que los demás. Pues ofenderse, a veces, es muy agradable. El hombre sabe que nadie le ha ofendido, que se ha forjado él mismo la ofensa y que ha mentido a fondo para darse tono; ha exagerado para que el cuadro resulte más impresionante, se ha agarrado a una palabra, y de un grano de arena, ha hecho una montaña; sabe todo eso, y sin embargo, es el primero en sentirse ofendido, se ofende hasta un extremo que le resulta agradable, hasta experimentar una gran satisfacción, y de este modo, llega hasta el auténtico rencor…Los hermanos Karamázov, de F. Dostovievski.
Y la cosa no queda aquí: se amplía, crece…
