La enfermedad fuerza a que se den las conversaciones no mantenidas, la intimidad aplazada. De repente, la persona a tu lado, cuya presencia has dado por inalterable, empieza a brillar con su mortalidad, se vuelve traslúcida y frágil. El hilo de su vida se alumbra como aquellas telarañas bañadas en sol que se hacen visibles de repente en otoño.

El autor toma el papel y la tinta para adentrarse de lleno en el interior del duelo por la muerte de su padre.

Su padre era jardinero, y ahora es jardín. Así abre las páginas que comenzarán a deslizarse en nuestra intimidad golpeando quizá fuerte. Plantea numerosas cuestiones que dan la cara cuando nos enfrentamos a una situación similar:

¿Cómo se despide una vida en sus últimos días? ¿Cómo se enfrenta un hijo al derrumbe del héroe que lo protegió? ¿Seguimos existiendo si se va la última persona que nos recordaba como niños? ¿Y cómo afrontamos la ausencia de quienes nos hicieron ser como somos?

Sí, es ley natural y nuestras cabezas conocen esa verdad. Pero el cuerpo, el alma, apenas sabe reaccionar cuando comienza a entrever cuáles serán los últimos movimientos, las ultimas palabras, los últimos gestos…

Sin embargo, entrecruza los recuerdos de la muerte de su padre con otras vivencias de la infancia o juventud, y del presente. Gospodínov toma la muerte en sus manos y la acerca a su día a día, a su cotidianeidad y no evita sus golpes:

Y de nuevo la descarga repentina de tristeza por culpa de pequeñas cosas.

La mandarina que cojo y que de repente me recuerda que lo último que comió con tanta dificultad antes de dejar de comer del todo fue un gajo de esa fruta. La mandarina también ha dejado de ser solo una mandarina.

A veces se me olvida que no está, y es un momento feliz, cojo el teléfono para llamarle y solo entonces me acuerdo.

Y también atisba lo que puede depararle el futuro:

No sé qué hacer con todas las preguntas que irán apareciendo en el futuro.

No sé qué hacer con las historias por las que no le pregunté y se quedaron sin contar.

No sé qué hacer con las herramientas de la barraca y los tarros vacíos del sótano.

Logra mostrar la crudeza de la realidad con dulzura y con palabras sencillas y auténticas. Logra reconocer y aceptar lo que ha sido su padre, lo que ha pasado y lo que ya no será. Logra extraer los recuerdos y la nostalgia, a la vez que continúa caminando hacia adelante, sin aferrarse al pasado.

Es importante darles la mano mientras se mueren, le digo a un amigo que también ha perdido a su padre.

También es importante soltarlos después, responde él tras un breve silencio.

El autor es honesto. No pretende escribir un libro simplemente por publicarlo y recibir un reconocimiento. Posiblemente quiera explorar, quiera compartir y comunicar una realidad que nos hiere en lo más profundo en nuestra humanidad. Y reconoce el misterio que rodea a la muerte: algo tan real y certero y tan difícil de expresar. No pretende dar con una explicación racional que ayude a sobrellevar el trago.

Intentaba imaginar qué se siente en una noche así, en la última noche, en las últimas horas. Y yo, que creo en las palabras, no tenía palabra alguna. Pero eso tampoco importaba, lo que importaba era aferrarle la mano, él apretaba la mía, atravesábamos el puente de la noche y en breve íbamos a separarnos. Por primera vez estaba acostado junto a alguien que se moría.

¿Qué se hace al final de la vida? Tal vez sea aprender que todo nos encamina hacia el desgarro definitivo. Así se comprende mejor cada despojo.

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