Todos estos riesgos que estamos viendo nos conduce al sexto riesgo, el más “práctico”: ¿cómo no equivocarme en la elección? Es decir, escoger un libro.
En primer lugar, resulta necesario saber cómo estoy: ritmo de trabajo, situación familiar y de relaciones sociales, estado de ánimo… Con honestidad y, a la vez, con cierto inconformismo porque viene bien notar la exigencia por dentro.
Por mucho que quiera leer el Quijote, si estoy con mucha presión o cansada, me va a parecer una losa y realmente va a ser una pérdida de tiempo. Digamos, que la mirada está distorsionada desde el principio.
“Una cosa para cada sitio, y un sitio para cada cosa”.
Al mismo tiempo, me puedo autoengañar y dejarme vencer por una pereza mental constante, y no salir de Mafalda, Mortadelo y Filemón, o el scroll de Instagram.
Resulta útil tener una lista de libros que quiero leer, de todo tipo, y cuando acabo un libro, veo cómo estoy, y qué me puede venir bien. A veces me exijo más, y otras me voy a Willie Collins, Georgette Heyer o Jane Austen y me despejo. Y cuando elegimos un libro “no tan exigente”, también hay que ser honestos: saberlo, no buscar excusas.
¿Cómo reconocer un libro de menor exigencia?
A veces me han hecho esta pregunta y realmente es una cuestión algo subjetiva, pero me parece que los siguientes tips pueden servir (por cierto, es intencionado hablar de exigencia y no de calidad, con el fin de objetivar más):
– No aguantan una lectura lenta, porque no da para más (como las películas que son básicas: si llego tarde, o desconecto un rato con el móvil, no pasa nada, porque soy capaz de seguir con el hilo).
– Me siento superior cuando estoy leyendo porque lo “pillo” todo, sin aportarme más porque ya “me lo sé”. Al contrario, es buena señal notar cierto efecto de haberle recibido algo desmesurado.
– Se podría recortar porque suelen exdecerse en páginas.
– Resulta difícil que genere comentarios (distinto de contar), debatir… Puede ocasionar críticas, pero no pensamiento crítico.
Siempre he animado a romper miedos con los clásicos. Leerlos con atención profunda es entrar en contacto con personas que supieron pensar, sentir, vivir antes que nosotros (y, por lo general, de manera elevada, que no quiere decir necesariamente complicada).
Las lecciones de los libros muchas veces hacen más cierta esperiencia de las cosas que no la tienen los mismos que las han visto, a causa de que el que lee con atención repara una y muchas veces en lo que va leyendo, y el que mira sin ella no repara en nada y, con esto, excede la lección a la vista.
Los trabajos de Persiles y Sigismunda, de Miguel de Cervantes.
Admiramos lo intensamente sentido, lo claramente pensado. Encontramos la justa expresión de nuestra intimidad. La literatura universal es así porque permite trascender el espacio y el tiempo. Habla del ser humano en sus necesidades, luchas, victorias, que tendrán lugar a lo largo de la Historia.
Además, nos revela parte de nuestra identidad, ya sea por identificación o por contraejemplo.
El hombre es un ser narrador. Desde la infancia tenemos hambre de historias como tenemos hambre de alimentos. Ya sean en forma de cuentos, de novelas, de películas, de canciones, de noticias…, las historias influyen en nuestra vida, aunque no seamos conscientes de ello. A menudo decidimos lo que está bien o mal hacer basándonos en los personajes y en las historias que hemos asimilado. Los relatos nos enseñan; plasman nuestras convicciones y nuestros comportamientos; nos pueden ayudar a entender y a decir quiénes somos.
El hombre no es solamente el único ser que necesita vestirse para cubrir su vulnerabilidad, sino que también es el único ser que necesita «revestirse» de historias para custodiar su propia vida. No tejemos sólo ropas, sino también relatos: de hecho, la capacidad humana de «tejer» implica tanto a los tejidos como a los textos. Las historias de cada época tienen un telar común: la estructura prevé «héroes», también actuales, que para llevar a cabo un sueño se enfrentan a situaciones difíciles, luchan contra el mal empujados por una fuerza que les da valentía, la del amor. Sumergiéndonos en las historias, podemos encontrar motivaciones heroicas para enfrentar los retos de la vida.Papa Francisco.
O como también decía Paula Klee: «El arte no reproduce lo visible, sino que hace visible lo invisible». Es decir, el fin del arte no sería reproducir la realidad, el mundo visual, sino visibilizar las cosas. El arte tiene que ver con la verdad de una persona. Por eso, el arte es arte (un libro es libro) si nos empuja hacia la vida, porque la hace más interesante que el propio arte (Robert Filliou).
