La miseria no es la única fuente del crimen; la vanidad, los celos, la avaricia y la codicia también lo son.
Raskólnikov tiene un motor, un motivo para llevar a cabo su plan. Llegó a San Petersburgo para estudiar, pero ha tenido que interrumpir sus estudios.
No tiene dinero. Vive en la miseria a pesar de que su madre y su hermana hacen todo lo posible por enviarle dinero. Incluso su hermana ha accedido a contraer matrimonio con un hombre que desprecia por dinero y así ayudar a su hermano, con el consiguiente disgusto de Rodia.
En su mente se entremezcla la necesidad y su discurso razonado, desde años atrás, acerca de la superioridad de unos hombres frente a otros. Dicha superioridad también es de autoridad moral, resultando justificable que cometan crímenes hacia aquellos inferiores por el bien de la sociedad.
Pronto nos convencemos a nosotros mismos de que nuestra conducta es inmejorable, de que era necesaria, de que la excelencia del fin justifica nuestro proceder.
De este modo, acude a la casa de la vieja usurera. La desprecia profundamente: es un ser ruin, un parásito de la sociedad. Y sería mejor que dejara de vivir…
Planea su muerte al detalle, y, con sangre fría, se dirige a ella y la mata. Sin embargo, sucede un imprevisto: ha aparecido la hermana de la vieja y ha tenido que matarla también.
Quería llevarse objetos para sobrevivir a su pobreza. Pero los esconde y no hace uso de ellos.
Se introduce entonces en un estado febril, de inestabilidad psíquica y emocional. Se debate entre la culpa y su razón «iluminada».
Tu peor pecado es que te has destruido y te has traicionado a ti mismo por nada.
Su madre, su hermana, sus allegados se preocupan por él. ¿Estás enfermo? ¿Qué te sucede? Van percibiendo el desequilibrio interior que consume a Raskólnikov.
Conoce a Sonia. Ha presenciado la muerte de su padre, borracho, atropellado en la calle. Y decide ayudar a la familia, pues Sonia se ve obligada a prostituirse para llevar dinero a casa.
Sonia presencia la angustia de Raskólnikov.
Las conversaciones se suceden. Intensas, de sospechas, de excusas, de acusaciones, de razones… Hasta que decide entregarse.
La verdad es un camino difícil de seguir, pero siempre vale la pena.
¿Empezará entonces Raskólnikov un camino de redención? Sonia no le dejará solo, y formará parte de su reconstrucción.
Cómo pasó, él mismo no lo sabía, pero de repente fue como si algo lo levantara y lo arrojara a sus pies. Lloró y abrazó sus rodillas. Por un momento ella se asustó terriblemente, y toda su cara se le quedó como entumecida. Saltó y lo miró, temblando. Pero de golpe, en ese mismo instante, lo entendió todo. Una felicidad infinita se le encendió en los ojos; entendió, y para ella ya no había duda: él la quería, la quería infinitamente, y por fin había llegado ese momento.
